Mundo Agrario, vol. 17, nº 36, e029, diciembre 2016. ISSN 1515-5994
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

ARTICULO/ARTICLE

 

Inserción de horticultores bolivianos en Río Cuarto. Procesos de inmigración, trabajo y conformación de economías étnicas


Roberto Benencia

Facultad de Agronomía, Universidad de Buenos Aires - CONICET
Universidad Nacional Arturo Jauretche, Argentina
benencia@agro.uba.ar



Diego Ramos

Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Argentina
dramos@ayv.unrc.edu.ar

 

Fabricio Salusso

Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Argentina
fabriciosalusso@hotmail.com

 

Cita sugerida: Benencia, R., Ramos, D., Salusso, F. (2016). Inserción de horticultores bolivianos en Río Cuarto. Procesos de inmigración, trabajo y conformación de economías étnicas. Mundo Agrario, 17(36), e029. Recuperado de http://www.mundoagrario.unlp.edu.ar/article/view/MAe029


Resumen
La migración de bolivianos, muy importante en lo que respecta a su inserción laboral en distintos mercados de trabajo que requieren el uso intensivo de mano de obra (horticultura, ladrillerías, construcción, talleres textiles), en distintas provincias de la Argentina durante las últimas décadas, y en particular en Buenos Aires y en el Gran Buenos Aires, consiste en un fenómeno demográfico registrado a través de distintas mediciones censales y de trabajos científicos llevados a cabo por diversos investigadores de las ciencias sociales en los últimos veinticinco años en la Argentina. En este artículo trataremos de apreciar si estos procesos migratorio-laborales en los que se produce una concentración de inmigrantes de una misma nacionalidad en algunas áreas económico-laborales de la Argentina, como por ejemplo en la horticultura de Río Cuarto (provincia de Córdoba), y en la que tanto los patrones como los empleados pertenecen a la misma nacionalidad migrante, pueden ser considerados economías o negocios étnicos, como han sido catalogados en otros países por la literatura especializada.

Palabras clave: Migraciones; Economías étnicas; Horticultura; Bolivianos; Córdoba


Insertion of Bolivian horticulturists in Rio Cuarto. Immigration processes, work and formation of ethnic economies


Abstract
The migration of Bolivians, very important with regard to their employment in different labor markets that require intensive use of labor (horticulture, brickworks, construction, textile workshops), in different provinces of Argentina during the last decades, particularly in Buenos Aires and Greater Buenos Aires, it is a demographic phenomenon recorded through different census measurements and scientific work carried out by various researchers in the social sciences in the last twenty years in Argentina. This article will try to assess whether these migrant-labor processes in which a concentration of immigrants of the same nationality in some economic areas of Argentina, such as in horticulture Rio Cuarto (Cordoba province) occurs, and in which both employers and employees belong to the same migrant nationality, may be considered or ethnic business economies, as they have been cataloged in other countries by the literature.

Key words: Migration; Ethnic economies; Horticulture; Bolivianos; Cordoba


Puede apreciarse que la migración boliviana, muy importante en lo que respecta a su inserción laboral en distintos mercados de trabajo que requieren el uso intensivo de mano de obra (horticultura, ladrillerías, construcción, talleres textiles), en distintas provincias de la Argentina durante las últimas décadas, y en particular en Buenos Aires y en el Gran Buenos Aires, ha sido un fenómeno demográfico registrado a través de distintas mediciones censales1 y de trabajos científicos llevados a cabo por diversos investigadores de las ciencias sociales en los últimos veinticinco años en la Argentina.2

Desde el punto de vista teórico, estos procesos migratorio-laborales en los que se produce una concentración de inmigrantes de una misma nacionalidad en algún aspecto de la economía del país receptor, y en la que tanto los patrones como los empleados pertenecen a la misma nacionalidad migrante, han sido catalogados por la literatura especializada dentro del concepto de economías o negocios étnicos.

¿Se puede hablar de negocios étnicos en el caso particular de la horticultura en fresco en la Argentina?

Según Arjona y Checa Olmos (2005), la consideración de las actividades empresariales regentadas por extranjeros como economías étnicas está estrechamente relacionada con una serie de variables que subyacen a la situación. Ellas son, entre otras:

  • Concentración espacial y étnica
  • Tipo de negocios
  • Número de empleados y nacionalidad
  • Clientela
  • Recursos utilizados.

Es decir, variables que presentan connotaciones sociológicas y antropológicas que deben ser abordadas, puesto que derivan en conceptos —economía étnica, economía de enclave, economía de propiedad étnica y economía de control étnico (Arjona, 2004)— con particularidades diferentes. Veamos sus definiciones a fin de catalogar el fenómeno social que hemos detectado en el departamento cordobés de Río Cuarto.

Economía étnica

Según los autores mencionados, la economía étnica incluye a cualquier persona inmigrante que sea empleador, autoempleador o que esté empleado en empresas coétnicas. “El contorno de una economía étnica está definido por raza, etnicidad u origen nacional, caracterizándose por alcanzar ventajas en las relaciones entre propietarios de negocios y entre propietarios y trabajadores del mismo origen nacional (Logan, Alba y Mc Nulty, 1994). A ello, otros investigadores del campo de los emprendedores étnicos han sumado la función de “escuela de emprendedores” (Light et al., 1994), ya que facilita la formación para el autoempleo.

El enclave étnico

El concepto de enclave étnico, a diferencia del de economía étnica, introduce una referencia explícita a la dimensión espacial (Portes y Wilson, 1980), pues el espacio no actúa únicamente como un contenedor material de la población sino también de relaciones sociales. De este modo, los enclaves requieren de una gran densidad de población inmigrante, para asegurarse una extensa clientela a partir de las relaciones sociales y de la solidaridad étnica. A su vez, en el enclave se cuenta con fuerza de trabajo coétnica a disposición del empresario, configurando, al mismo tiempo, un espacio de socialización y de autoayuda.

No obstante, según Portes y Jensen (1989), en la configuración de los enclaves se encuentra gran diversidad de situaciones:

  • primero, aquellos que viven y trabajan en el área del enclave;
  • segundo, quienes trabajan en esta área, pero viven fuera de ella;
  • tercero, quienes viven en el área del enclave, pero trabajan fuera de él;
  • cuarto, aquellos miembros del grupo étnico que ni viven ni trabajan en el área del enclave.

El contexto de recepción, estrechamente relacionado con la segmentación, es otro elemento clave a la hora de entender la incorpo­ración laboral de los inmigrantes. Gran parte de las estrategias que ponen en marcha los inmigrados para su inserción laboral depende, en muchas ocasiones, de factores contextuales y estructurales y, en otras, de factores individuales —capital humano y social—.

En los trabajos de Portes y sus colaboradores se destaca la idea de que el capital humano del inmigrado está a expensas de los factores contextuales, los cuales están totalmente controlados por determinados agentes sociales y económicos. Entre dichos factores hay que resaltar: las condi­ciones de salida del país de origen, la política internacional de flujos, los contextos de recepción, la trayectoria de los primeros llegados o los tipos de comunidades que ya se han creado en destino (Portes y Rumbaut, 2010). La idea central de este modelo afirma que "un par­ticular contexto de salida y recepción puede tener un desarrollo so­cial distinto y unas condiciones culturales para los miembros de un origen nacional distinto" (Zhou, 2004).

Así, y como se esquematiza en el siguiente cuadro, la inserción laboral de los inmigrados, en función del contexto de acogida, puede ser, en primer lugar, hostil, cuando se produce un acceso al mercado en el segmento secundario y los empresarios étnicos se convierten en minorías intermediarias;3 en segundo lugar, neutral, los inmigrantes se insertan en ambos segmentos de los mercados y los autónomos pueden crear empresas dominantes en algunos sectores; en último lugar, favorable, cuando se accede a empresas y los emprendedores pueden formar economías de enclave.

Cuadro 1: Contextos de recepción e incorporación laboral del inmigrado


Trabajo manual

Profesionales

Técnicos

Empresarios

Hostil

Acceso al mercado secundario

Proveedores de servicios marginales

Minorías intermediarios

Neutral

Participación en el mercado laboral mixto

Acceso al mercado primario

Pequeña empresa dominante

Favorable

Posibilidades de acceso a la pequeña empresa

Posibilidades de acceso a puestos de liderazgo profesional y social

Economías de enclave

Fuente: Portes y Böröcz (1989)

Portes y Böröcz (1989) aseguran que lo común, en la mayoría de los contextos, es que el inmigrado se encuentre con una acogida hostil extendida tanto a los trabajadores manuales como a los profesionales técnicos y a los empresarios.4 Esto se manifiesta cuando las estructuras de oportunidad (Waldinger et al., 1990) de la inserción laboral de los inmigrados están definidas por los agentes sociales y económicos del contexto y no tanto por el capital humano de los trabajadores.

La horticultura y la migración boliviana en Río Cuarto

De acuerdo con los estudios que venimos realizando desde hace alrededor de 10 años,5 podemos afirmar que la actividad hortícola en el cinturón verde de la ciudad de Río Cuarto (provincia de Córdoba)6 ha experimentado importantes transformaciones en los últimos años, impulsadas por la llegada de los primeros migrantes de nacionalidad boliviana al sector, a inicios de la década de los ´90.

De igual modo, como ocurrió en otros cinturones hortícolas del país (Benencia, 2014), el inmigrante boliviano, convertido en productor, introdujo un modelo productivo basado en la utilización de semillas de elevado potencial genético, expansión de la producción en invernadero, modificaciones en la organización del trabajo y cambios en la tecnología de sistemas de riego, modelo que había captado trabajando en otras áreas hortícolas desarrolladas de la Argentina (Buenos Aires, Mar del Plata); esta “intervención modernizante” derivó en la consolidación de un importante núcleo de producción diversificada de hortalizas, tanto en cantidad como en calidad, para la ciudad de Río Cuarto y una amplia zona de influencia.

Podría decirse que a partir de ello, Río Cuarto comenzó a atraer a otros trabajadores bolivianos; en particular, mano de obra para la producción de ladrillos —como sucedió en otras localidades del interior del país (Pizarro, 2012)—, que pudo satisfacer la demanda emergente de materiales básicos para la construcción, en virtud del rápido crecimiento edilicio de la ciudad, como consecuencia de las inversiones inmobiliarias derivadas de los beneficios de la soja y el maní, dos cultivos extensivos de mucha importancia en el agro riocuartense.7

En este texto se va a hacer referencia, en particular, a la inserción de los migrantes bolivianos en la producción hortícola del departamento y, consecuentemente, al éxito obtenido por dichos actores sociales a partir de su involucramiento en dicha actividad, tratando de probar que estamos frente a un caso de conformación de un fenómeno catalogado como economía étnica.

1. La horticultura riocuartense en el contexto histórico

La producción hortícola en la ciudad de Río Cuarto se origina hacia comienzos del siglo XX, principalmente con la llegada de inmigrantes italianos, españoles y, en menor medida, franceses y árabes. Durante las primeras décadas del siglo pasado se desarrollaban cultivos como frutilla, batata y espárrago, con excelentes rendimientos. A partir de 1930 comienza a expandirse el cultivo de papa, y así surgen establecimientos empresariales con producción especializada que llegan a ocupar una superficie de hasta 11.000 ha durante la década del ´60.

A partir de 1967, con la creación del Mercado de Abasto de Río Cuarto (MARC), los productores hortícolas comienzan a incorporar en sus establecimientos una variedad de cultivos un poco más amplia, diversificando la producción en la zona. En 1975 los cultivos con mayor importancia económica eran lechuga, batata, papa, repollo y zapallito de tronco, con una importante reducción de la superficie cultivada con espárrago, al tiempo que comenzaban a disminuir la rentabilidad de la papa y del ajo, principalmente por problemas sanitarios y de mercado.

En el período 1980-1984, el área hortícola de Río Cuarto abarcaba unas 440 ha, donde predominaban cultivos como acelga, lechuga, batata, maíz para choclo, zapallito y remolacha. Los últimos estudios, realizados a inicios de la década del ‘90, marcaron un crecimiento de la superficie hasta alcanzar unas 540 ha con 25 especies hortícolas en cultivo, con las hortalizas de hoja como las de mayor importancia.

Hasta el inicio de dicha década, los productores hortícolas eran argentinos —criollos o descendientes de inmigrantes italianos—, y buena parte de la verdura que se consumía para la ensalada cotidiana (básicamente, tomate y pimiento) se importaba de otras regiones de la Argentina.

2. Los inmigrantes bolivianos que recalaron en Río Cuarto

A principios de la década del ‘90 comenzaron a arribar a Río Cuarto inmigrantes bolivianos que se dedicaron a la producción de hortalizas; ello dio inicio a la creación de un “nuevo territorio hortícola” en el país, conformado básicamente por productores de dicha nacionalidad (Benencia y Geymonat, 2005).

Los inmigrantes no arribaban directamente desde Bolivia a este departamento del sur de Córdoba sino que desde varias décadas atrás venían migrando periódicamente hacia la Argentina, para regresar a su país, y reanudar el ciclo nuevamente; en un inicio, para trabajar como cosecheros del algodón, del tabaco, de la caña de azúcar, en territorios contiguos a su país, o como peones en la construcción, los hombres, y en el servicio doméstico, las mujeres, en áreas urbanas; hasta que en determinado momento, “descubrieron” la demanda de mano de obra en la horticultura periurbana de la Argentina y comienzan a derivar hacia dichos lugares: Buenos Aires, Mar del Plata, Mendoza, Salta, Tucumán,8 donde fueron requeridos inicialmente en carácter de peones o de medianeros, y con el tiempo se fueron transformando en productores especializados en esta actividad.

Veamos sus testimonios:

D. nació en San Lorenzo, Tarija, Bolivia; los padres iban a trabajar a la zafra azucarera del Ingenio Ledesma (Salta). Él se inició en la migración a los 17 años, trabajando en obras de construcción (albañilería) en Salta; luego de un par de años regresó a Bolivia, para volver a migrar hacia la Argentina, ahora a Mar del Plata, y trabajar como medianero (porcentajero) en la horticultura, donde permaneció por dos años; de ahí pasó a Villa María (Córdoba), hasta 1988, donde también trabajó como porcentajero en una quinta, hasta que se cansó de que el patrón lo engañara tanto y se vino para Río Cuarto, a las quintas, en 1989.

S. es oriundo de Tarija. Nació en 1958 en el pueblo de Rancho Sur, a 4 km de San Lorenzo y a 5 km de Tarija. Entre los 16 y los 18 años trabajó con unos tíos en la zafra de la caña en el norte de la Argentina (Salta-Jujuy), como ayudante, y cada año volvía a Bolivia. Era hijo de padres separados, con cuatro hermanas;9 por lo cual no se pudo independizar (dejar Bolivia por mucho tiempo) hasta que su hermana más pequeña terminó el colegio.

Entre 1984 y 1989 trabajó como empleado y mediero (a porcentaje) en Mar del Plata, con un hermano de su actual esposa. Después que juntaron un poco de dinero decidieron “volver al pago a invertir”; con lo que hicieron allá pudo comprar un auto, una camioneta y después un camión, y empezó a trabajar como transportista en Bolivia; contrató un chofer para que le manejara el camión, y como lo volcó, “en el ’90 tuve que empezar de 0”.

Con un cuñado, empezó a trabajar en una petrolera en Bolivia. Hizo buenas migas con el patrón, que le ayudó a arreglar el camión, y se lo pudo alquilar a la propia empresa, con él como conductor; de esa manera recuperó el dinero invertido. “El ingeniero me tenía confianza y me mandaba a comprar combustible a la Argentina (…); a veces andaba con 100.000 dólares en el bolsillo, y tenía miedo de que me robaran (…); entonces no quise seguir más con la compra de gasoil en la Argentina (…); porque, además, no me gusta ser empleado (…), y tomé la decisión de retirarme”.

Como sabíamos que estaba D. en Río Cuarto (…), qué te parece si nos vamos para allá, le dije al René (primo de D.), y nos vinimos para aquí [a Río Cuarto] (…). Juntamos algunas monedas [por la venta de la camioneta y el camión] (…) y nos metimos como peones [primero] de Benci y como medieros [después]”.

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A. Nació en Jujuy, cuando sus padres habían venido a la cosecha de tabaco, y comenta que a los 13 años empezó a trabajar por su cuenta, en la frontera, en la construcción. Hizo esto durante 4 años; a los 17 o 18 años, como era argentino, lo llamaron para la revisación médica: se tenía que presentar en el cuartel, para hacer el Servicio Militar a los 20 años. “(…) aunque no lo tenía que hacer, porque había nacido un 9 de julio, igual lo hice como voluntario en el Regimiento 20 de Infantería, y tuve la [mala] suerte de que se produjera la guerra [el conflicto] con Chile, y me tuvieron como 52 días en la frontera, en Paso de Jama: desde el 23 de diciembre hasta el 11 de febrero (…). Con la baja me volví a Bolivia [a San Lorenzo], me quedé un mes, y regresé [a la Argentina] a trabajar por un mes (…); regresé a Bolivia, me casé, y trabajamos con mi mujer en el tabaco y la caña de azúcar en Jujuy”.

En 1984 fue a trabajar en Villa María (Córdoba), donde tenía conocidos de San Lorenzo; estuvo un año trabajando en quintas de bolivianos y en 1985 se fue a Rosario, donde también había quinteros bolivianos. “Ahí estuve un año, y en el 86 [1986] volví a Villa María (…); con lo que ahorré me compré una camioneta y la tuve más o menos un año, era para uso personal, porque en Villa María vivíamos a 6 km de la ciudad (…); la camioneta estaba embargada y yo no lo sabía; así que cuando me enteré, la oculté; para las fiestas tuve necesidad de sacarla, pero tuve la mala suerte de que no más andar se me rompió la campana de freno; la tuve que dejar en un taller para arreglar, de un día para otro y [en ese intervalo] la policía la encontró, y al día siguiente, cuando la fui a buscar y la llevé a la quinta donde trabajaba, la vinieron a buscar y me la secuestraron delante de mi patrón (…); tuve que llevarla a la ciudad y dejarla en el juzgado. (…). Puse un abogado, pero no pude hacer nada; sólo me trajo gastos y más gastos, y nunca la pude recuperar (…); eso me puso muy mal, y decidí irme de Villa María (…). Abandoné la quinta con mi familia dejando todas las cosas mías abandonadas, hicimos las valijas y nos fuimos a la casa de un amigo en la ciudad (…); a la noche hizo un asado y yo me tomé tres vasos de vino, y esa misma noche le pedí a mi amigo que nos alcanzara hasta la estación porque a algún lado nos íbamos a ir (…). En la estación preguntamos a qué hora pasaba el primer tren (…); saqué los pasajes y nos subimos en un tren que iba para Buenos Aires (…); a la altura de Rosario me desperté de la borrachera que tenía y revisando algunos papeles que llevaba, había uno que tenía la dirección de un amigo mío que vivía en La Plata. Llegamos a Buenos Aires y tomamos un taxi para que nos llevara a La Plata, a esa dirección que había encontrado (…) y nos llevó (…); el viaje de los tres de Villa María a Buenos Aires me había salido 8 australes y el viaje de Buenos Aires a La Plata me salió 26 australes (…). Cuando llegamos, era un baldío con un ranchito medio solitario, nada sembrado, cerca había una curtiembre (…); nos quedamos en la calle, sin saber qué hacer (…); entonces, empecé a pegar las manos y del ranchito salió un muchacho joven al que le pregunté si estaba mi amigo, porque me había dado esa dirección, y me dijo que era ahí, que él era un pariente, y que mi amigo se había ido a otra parte; me dio la dirección, subimos de nuevo al taxi y lo encontramos (…). Le expliqué lo que me había pasado y me dijo que nos quedáramos, que ya íbamos a encontrar algo para mí (…) pero estuve tres meses sin laburo, era el 89 (…)”.

(…) Quería trabajar en algo de quinta, no de albañil, porque no me sentía seguro (…); después de andar preguntando todo ese tiempo, que no me conocían (…) empecé a trabajar por tanto [porcentajero], y después me empleé con un italiano (…). Con él estuve 6 años como mediero; primero en sociedad con otro (…); trabajábamos 12 ha (…). El italiano, que también era dueño de una arenera, compró otras 17 ha y me llevó a trabajar ahí a mí solo, me dio un tractor, un acoplado, un caballo, caños para riego (…); ahí tuve que tomar peones porque nosotros, yo y mi mujer, no alcanzábamos con todo (…)”.

Ahí le pregunté si tomaba mano de obra boliviana, y me contestó que no (…). Me manejaba con gente criolla, de la zona, que recorría las quintas, acostumbrada a trabajar por tanto (…); estuve ahí 6 años [hasta el 95]. (…) Para esa época puse un lote de lechuga manteca, que había venido una maravilla (…); por entonces pasó por ahí un paisano que vendía ropa, que se quedó asombrado, y me preguntó cuánto me pagaban por esa lechuga [la jaula], le dije que [el italiano, que se encargaba de vender la producción] me daba $3.00 (…) y el tipo me dijo que me estaban robando, porque en el mercado una lechuga como esa la estaban pagando $6.00 (…). Andá al mercado, me dijo, hay una oficina donde te dan los precios día por día (…). Cuando me dijo eso, empecé a sospechar si el italiano me estaba robando, y un día me fui a esa oficina, me informaron de los precios a que se vendía la verdura día por día, los mínimos y los máximos; me preguntaron qué día quería consultar el precio a que se había vendido [la lechuga manteca que le habían pagado $3.00] (…); les dije y me dijeron que en esos días el máximo había sido $8.00 y el mínimo, $6.00 (…); ahí comprobé que el italiano se quedaba con la mitad de lo que me correspondía (…). Ellos me dijeron que si quería hacerle lío, ¡me ponían el abogado ya! (…); primero lo pensé mucho y no quise hacerlo porque después el comentario corre (y no iba a conseguir más trabajo en la zona) (…); así que un día le avisé que después de cuatro meses no iba a trabajar más (…). Cuando se cumplió el plazo, cacé la Ford 94 nueva y me fui a Mar del Plata [a buscar trabajo en la horticultura allá]”.

Después de un tiempo, vine para Río Cuarto, donde tenía parientes.

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M. comenta que vino en el 92, llamado por D., su hermano, cuando tenía 18 años; nunca antes había salido a trabajar. Vivía con sus padres, en Bolivia, y era el encargado de ayudar a su padre con el ganado y en la siembra de arvejas, papas, tomate.

Venía a trabajar con D. en el tomate durante los meses de verano y en invierno regresaba a San Lorenzo, para volver al año siguiente.

Comenta que cuando empezaron a hacer tomate con D. -corroborando lo que nos había comentado aquél en su entrevista-, “(…) aquí no se hacía tomate (…) porque ésta no era zona de tomate (…). Por esos años no había competencia (…); todo lo que sacábamos se vendía (…); siempre teníamos encargados los tomates porque no había otros [que los produjeran] en la zona (…). Curábamos una vez cada tanto, no había pestes, como ahora (…); fuimos los primeros productores de la zona que usamos las semillas híbridas [Gaucho, Empire, etcétera]; lo bueno de esa época era que la semilla era barata (…)”.

La primera vez que migró de San Lorenzo con los padres venía en el verano y se iba en el invierno. “(…) allá lo ayudaba al viejo con las vacas lecheras, papas, arvejas (…); siempre trabajé en el campo (…); allá puse dos años tomate y me fue más o menos (…); por eso me trajo el D. (...); cuando lo vendés allá no vale nada (…)”.

(…) hará unos 9 años que ya me quedé [definitivamente] (…); ahora sólo vuelvo [a Bolivia] de vacaciones (…). Cuando decidí quedarme, empecé a trabajar como porcentajero de D. y con él estuve 10 años (…). Aquí [en esta quinta donde hacemos la entrevista] estoy desde hace dos o tres años [hace tres inviernos; empezó el año que nevó] (…). Me decidí a alquilar después que junté el dinero para comprar las herramientas (dos tractores, uno del ‘70), todo lo compré en Villa María (…). Este campo es de G., un quintero que dejó este año, pero no cultivaba aquí, yo fui el primero [en estas tierras]”.


Como podemos apreciar a través de los testimonios, la década del ’90 en la Argentina, y en particular la política económica de la convertibilidad, impulsada por el ministro de Economía Domingo Cavallo, durante el gobierno de Carlos Menem, se convirtió en un llamado importante para la inmigración latinoamericana hacia el mercado de trabajo local, que no necesariamente se refería al mercado de trabajo en la producción hortícola.

En el caso particular de los bolivianos de Río Cuarto con quienes hemos tenido contacto, a través de las historias de vida realizadas, la implementación del “1 a 1” (un peso argentino=un dólar estadounidense) posibilitó el hallazgo de un mercado de trabajo en el que ellos podían hacerse cargo de labores que los argentinos estaban abandonando, como era el caso de la horticultura en fresco en las áreas periurbanas de la Argentina.

3. Situación actual en Río Cuarto: el rol del boliviano en la producción de hortalizas

En el apartado anterior, a través de los testimonios de los actores, pudimos captar el inicio de un proceso en el área hortícola de Río Cuarto; unos 25 años después puede apreciarse que la actividad hortícola del cinturón verde de Río Cuarto está conformada por 33 establecimientos dedicados a la producción exclusiva de hortalizas; 18 de ellos corresponden a productores de origen local (55%) y 15, a productores bolivianos (45%). La superficie total que ocupan hoy las quintas hortícolas es de 511 ha, con una superficie efectiva destinada a la producción de hortalizas, tanto a campo como en invernadero, de 378 ha.

Los establecimientos se distribuyen en seis áreas principales ubicadas en la zona nor-noroeste y nordeste de la ciudad de Río Cuarto, donde se identifican los sectores de Tres Acequias (76 ha), Barrio Las Quintas (83 ha), Colonia San José (6,3 ha), ex ruta Nacional Nº 36 (88 ha), Seminario (179 ha) y Palestro (78 ha).

Antiguamente, los sectores más relevantes en superficie de producción los constituían la zona de Tres Acequias y Barrio Las Quintas; sin embargo, en la actualidad se ha producido un desplazamiento importante de productores hacia las zonas del Seminario y Palestro.

Las causas de este fenómeno ocurrieron, por un lado, como consecuencia de cambios en las actividades impulsadas principalmente por las generaciones actuales de productores nacionales, que han decidido incursionar en otros rubros de producción, como cultivos de soja, maíz y alfalfa para corte, como también orientar su vida laboral hacia otros sectores económicos ajenos a la producción; y por otro lado, a la imposibilidad de utilizar agua para riego proveniente de las acequias de la zona debido a una importante disminución de la altura del río Cuarto en ese sector.

Así, los migrantes bolivianos, en la búsqueda de nuevas tierras para asentarse, encuentran los sectores del Seminario y Palestro como potenciales sitios de producción; esta reubicación de las quintas hortícolas en el territorio riocuartense lleva a conformar un importante núcleo productivo nuevo, representado en la actualidad por un 61% de productores de este origen.

Figura 1


El tamaño de las explotaciones es de pequeño a mediano, con superficies que varían de 2 ha hasta un máximo de 26 ha, con un promedio de 9,6 ha. El 59% de los productores tiene una superficie inferior al promedio y el 41% supera ese valor. Al analizar el régimen de tenencia de la tierra, el 58,5% de la superficie es propia y el 41,5%, arrendada, con un importante predominio de productores bolivianos bajo este último sistema de tenencia.

En este sentido, los productores bolivianos, luego de trabajar cierto tiempo en relación de mediería, o a porcentaje con su empleador, acceden a la tierra como arrendatarios, y finalmente algunos han logrado su propiedad, con lo que se incrementa el número de establecimientos hortícolas.

En la actualidad, los productores bolivianos poseen unas 98 ha en propiedad y arriendan un total de 178 ha, a diferencia de los productores locales, que son propietarios de 201 ha y sólo alquilan 34 ha. Estos datos dan cuenta de la racionalidad empresarial del productor: quienes son arrendatarios, como muchos de los productores bolivianos, no cultivan especies hortícolas de ciclo muy largo, ya que mensualmente deben cubrir los costos del arrendamiento y, por ende, prefieren cultivar especies más precoces, que brindan un retorno más rápido del capital invertido.

Un ejemplo muy claro de esta estrategia es el cultivo de zanahoria, cuyo ciclo se extiende de 5 a 6 meses, por lo cual sólo es llevado a cabo por productores locales, propietarios de sus tierras.

La mano de obra presente en el sector involucra a un total de 185 trabajadores, de los cuales el 83% es de origen boliviano y sólo el 17%, de origen nacional; estos valores incluyen a los propios productores, ya que debido a las características de alta intensividad de los cultivos también trabajan en su propio establecimiento. Los productores bolivianos emplean 99,1 % de mano de obra boliviana (113 trabajadores) y sólo un 0,9 % de mano de obra nacional (1 trabajador). En cambio, en los establecimientos de productores locales el 58% de la mano de obra es de origen boliviano (41 trabajadores) y el 42%, de origen nacional (30 trabajadores). Esto demuestra claramente la importancia de la mano de obra boliviana en el total de la producción de hortalizas en el cinturón hortícola de la ciudad.

La creciente participación de productores de nacionalidad boliviana en el sector es similar al proceso que se ha dado en otras áreas de producción hortícola en fresco en el país; por ejemplo, en la zona oeste del cinturón verde de la ciudad de Buenos Aires, el modelo productivo desarrollado a partir de la expansión de productores bolivianos implicó una mayor oferta de hortalizas, ya sea por incremento de la producción (básicamente, adopción del invernáculo) como por incorporación de nuevas zonas productivas; además, la adopción de la mediería como razón social del trabajo y la difusión del cultivo en invernadero fueron componentes centrales de la reconfiguración de esos sectores de la producción (Benencia et al., 2013).

Otro caso similar es el desarrollo ocurrido en el partido de Florencio Varela (Buenos Aires), donde cerca de la mitad de los establecimientos hortícolas se encuentran a cargo de productores de nacionalidad boliviana. Se trata de migrantes con más de 10 años de residencia en el país. La superficie promedio de los establecimientos es de 3 ha y un 70 % de las quintas a cargo de bolivianos llevan a cabo cultivos bajo invernadero (Benencia et al., 2013).

En Río Cuarto, la producción en los establecimientos hortícolas es diversificada; más de 30 especies de hortalizas se producen a campo, entre las cuales se destacan las hortalizas de hoja, como lechuga crespa, lechuga arrepollada y lechuga mantecosa, acelga, repollo, espinaca, achicoria y perejil. La superficie a campo destinada a cada cultivo hortícola no ha variado significativamente en los últimos años, notándose un incremento en nuevos cultivos, como rúcula, achicoria y espinaca, así como un desplazamiento de la producción de tomate y de pimiento a campo hacia el uso de invernaderos.

En este sentido, la producción bajo invernadero ha sido uno de los cambios tecnológicos más importantes acontecidos en el sector en los últimos años y fue llevado adelante por productores bolivianos. El cinturón verde de Río Cuarto cuenta con 178 invernaderos, que cubren una superficie aproximada de 19.8 hectáreas.

4. La importancia de las nuevas tecnologías en la producción hortícola en fresco

En lo que respecta al uso de las nuevas tecnologías, puede apreciarse que el 80% de los productores bolivianos produce bajo invernadero (15.70 ha), a diferencia de los productores nacionales, entre los que sólo el 39% tiene invernaderos (4.16 ha); existe, inclusive, reticencia por su parte a la incorporación de esta forma de producción. Un factor interesante a considerar: cuando se realiza un análisis de la mano de obra utilizada en la producción bajo invernadero, se destaca que un 95% es de origen boliviano y sólo un 5% es de origen local.

Los principales rubros de producción en invernadero incluyen unas 12 especies hortícolas; son relevantes tomate y pimiento en la época primavera-estival y, posteriormente, hortalizas de hoja durante el otoño y el invierno, como lechuga crespa, lechuga mantecosa, espinaca, apio, rúcula y achicoria.

Esta situación replica lo que se aprecia en otras zonas de horticultura en fresco en el país: a partir de la segunda mitad de la década del ´90 se generalizó en el partido de La Plata (Buenos Aires) el uso del invernadero en la producción de hortalizas, que, asociado a la mediería como forma social del trabajo, se constituyó en la modalidad productiva predominante en las quintas más dinámicas del cinturón hortícola de la ciudad de Buenos Aires (Benencia et al., 2013).

Los modelos de invernadero que predominan en el cinturón de Río Cuarto son del tipo capilla modificado (con ventilación cenital); en menor medida, el tipo capilla, y en la actualidad ha comenzado a difundirse el modelo tipo doble capilla, debido a que el único constructor idóneo que existe en la zona es de origen boliviano y desarrolla este tipo de modelo. Todos poseen estructura de postes de madera de eucaliptus y palmera, y los materiales de cubierta son polietilenos térmicos.

Otro cambio importante introducido en el sector por productores bolivianos ha sido el sistema de riego por aspersión. Con anterioridad, los productores locales regaban por inundación, empleando agua del río Cuarto; la incorporación de sistemas de aspersión derivó no sólo en cambios en la forma de producción y organización espacial de los cultivos, sino que, además, sumada la expansión del invernadero con sistemas de riego por goteo, se logró una mayor eficiencia en el uso del agua para riego.

A partir de la incorporación de las nuevas tecnologías, el cinturón hortícola de Río Cuarto abastece con hortalizas de hoja durante todo el año a la ciudad y a una gran zona de influencia que abarca desde el sur y este de Córdoba, parte de San Luis y norte de La Pampa. La oferta de hortalizas de fruto, como tomate, pimiento, berenjena y cucurbitáceas, sólo cubre la demanda durante la época de producción de estos cultivos, que comprende desde fines de primavera hasta principios del otoño; durante el resto del año, estos productos se importan desde zonas de primicia.

La comercialización se realiza a través del Mercado de Abasto de Río Cuarto (MARC), una sociedad mixta con un 51% de las acciones pertenecientes a la Municipalidad de Río Cuarto (capital público) y el 49% restante distribuido entre puesteros y playeros (capital privado). Los puestos corresponden a comerciantes locatarios que introducen mercadería de otras zonas, principalmente productos que no se producen localmente, como papa, ajo, cebolla y frutas, y las playas son para productores locales, operadores permanentes que venden su propia producción y la de otros productores. En total, existen 32 playeros que operan en el mercado, siendo el 53% productores nacionales y un 47%, bolivianos.

Todos los productores bolivianos poseen una playa en alquiler en el MARC y esta es la única vía de comercialización, en contraste con productores de mercados como el de Florencio Varela, en el Gran Buenos Aires, por ejemplo, donde, si bien el 40% de los productores bolivianos poseen puestos en un mercado concentrador, un porcentaje similar entrega la producción a consignatarios y alrededor de un 27% vende su producción en el mismo establecimiento. Esta última modalidad de comercialización expone a una alta vulnerabilidad al momento de negociar la producción (Benencia et al., 2013).

5. ¿Qué ha pasado en la horticultura de Río Cuarto a partir del ingreso de productores y trabajadores bolivianos?

En el caso de Río Cuarto, entonces, de acuerdo con la clasificación elaborada por los distintos autores que se exponen en el primer punto de este artículo, nos estaríamos refiriendo, por un lado, al primer caso mencionado, es decir a economías de enclave étnico, ya que tanto los patrones bolivianos como los trabajadores bolivianos viven en el área de las quintas donde desarrollan la actividad; y por otro, en el caso de los trabajadores, éstos han pasado, respecto de los cambios en el tiempo, de una situación neutral a una favorable, en la medida en que, luego de trabajar algunos años para un patrón, los trabajadores migrantes han tenido la posibilidad de acceder a ser dueños de una pequeña empresa (quinta hortícola).

Si pasamos a desarrollar las particularidades del fenómeno, observaremos que los puestos de trabajo que ocupan los inmigrantes en Río Cuarto son específicos: casi todos se centran en la agricultura y la producción de ladrillos,10 y en menor porcentaje, en la construcción. Veamos esquemáticamente las características de estos mercados tomadores de trabajo.

En el sector agrario periurbano, dominado por la producción hortícola en fresco, los inmigrantes bolivianos irrumpen con fuerza a mediados de la década de los ´90 del siglo pasado. Su incorporación se pro­duce por varios motivos. Primero, por el aumento de las demanda de productos que componen la comida rápida (básicamente, verduras de hoja y tomate). Segundo, gracias al progreso técnico y científi­co, que ha posibilitado una mayor producción en una misma temporada (al haberse incorporado el invernáculo, las semillas híbridas y el riego por aspersión), y, por último, por el abandono de las tareas hortícolas por parte de algunos miembros del grupo doméstico tradicional, en particular los hijos de los horticultores tradicionales.

La mayoría de la mano de obra local se ha ido insertando fundamentalmente en el sector servicios. De esta manera, se ha generado un trasvase de mano de obra autóctona de unos puestos a otros en función de los niveles de aceptabilidad, de­seabilidad y formación de los individuos.

Una de las características del mercado de trabajo hortícola que genera poca deseabilidad y aceptabilidad entre los autóctonos es su flexibilidad y las exigencias horarias (el trabajo en la quinta no tiene horario definido; es una actividad muy ardua y esforzada, tanto en épocas de siembra como de cosecha; en particular, cuando hay que administrar varios cultivos simultáneos por temporada) y de días por semana (por ejemplo, hay que trabajar parte del sábado y del domingo para llevar verdura fresca al mercado el lunes).

La demanda de mano de obra en este mercado es fluc­tuante: hay momentos en los que se necesita mucha –siembra y cosecha-, frente a otros momentos en los que no se preci­sa tanta -cuidado y regado-. Por ello, su reclutamiento se en­cuentra sujeto a diversas coyunturas: variaciones en las demandas y necesidades del mercado o la necesidad específica de los agricultores frente a un incremento del ritmo de la recolección. Esto desemboca, en cierta forma, en una situación conformada por menos trabajadores que los necesarios en cada momento, pero de presencia permanente, que en determinados momentos deben esforzarse en trabajar y en otros pueden realizar su tarea “normalmente”. Dicha situación se resuelve de este modo: dichos trabajadores reniegan del salario y proponen trabajar como medieros o medianeros, y aportar mano de obra de su propia familia.

Como consecuencia de lo anterior, el merca­do de trabajo hortícola se sustenta de mano de obra en negro, con anomalías en la remuneración. La estacionalidad de las necesida­des de mano de obra lleva al agricultor a no querer dar de alta y regu­larizar a sus trabajadores; primero, por tener que pagar lo establecido en convenio, y, segundo, porque en cierto modo esto obliga a garanti­zarle una continuidad en el trabajo. Por tanto, si el inmigrante tiene la posibilidad, en el mejor de los casos, de trabajar como mediero, aportando él la mano de obra que se necesite, en parte puede compensar el esfuerzo, porque estaría ganando a porcentaje con mano de obra de su propia familia.

Otra característica de este mercado laboral son sus malas condiciones de trabajo y el alto riesgo de contraer enfermedades. Con refe­rencia a lo primero, dentro del invernáculo se llegan a alcanzar los 50 grados de temperatura, y las tareas son siempre duras, ya que re­quieren de un constante esfuerzo físico y, a veces, de forzadas posiciones corporales. Además, se trata de una labor sometida al contacto con productos fitosanitarios de manipulación peligrosa, sin que se adopten las medidas de protección necesarias. Esto nos lleva a lo segundo: la posibilidad de aparición de enfermedades dermatológicas e infecciosas. Igualmente, fruto de las labores agrícolas pueden ser frecuentes las lesiones muscu­lares y las hernias discales.

Por todo ello, el trabajo en horticultura está muy denostado entre la población activa nacional. En definitiva, podemos decir que el mercado de trabajo hortícola se caracteriza en la Argentina, y en Río Cuarto en particular, por su etnificación, flexibilidad y eventualidad en las contrata­ciones, así como por la precariedad laboral.

No obstante, ese trabajador, que a menudo suple con mayor esfuerzo, y con miembros de su propia familia la realización de las actividades de los trabajadores que hipotéticamente se necesitarían, acepta dichas condiciones para acceder al conocimiento sobre una tarea que cree que más tarde lo ayudará a independizarse y tener, así, acceso a su propio establecimiento.

En este sentido, puede apreciarse que los patrones bolivianos trabajan sólo con mano de obra boliviana; así como los migrantes que llegan a una zona en la que ya se han establecido quintas de bolivianos buscan siempre, en primer lugar, trabajar con patrones bolivianos.

Conclusiones preliminares

A través de este texto, hemos tratado de mostrar las capacidades de una mano de obra inmigrante que ha posibilitado la constitución de espacios de producción y/o comercialización que se reconocen como economías de propiedad étnica y como economías étnicamente controladas; espacios donde hay propietarios bolivianos de establecimientos hortícolas, con empleados bolivianos, en un caso, y propietarios autóctonos de establecimientos hortícolas donde la mayoría o la totalidad de los empleados son bolivianos, en el otro. Ambos tipos de establecimientos son proveedores de alimentos a una clientela en su gran mayoría no étnica (Arjona y Olmos, 2005).

Así como es importante reconocer el fenómeno socioeconómico-productivo por el cual estos inmigrantes, haciendo uso de sus capacidades y sacrificios, han logrado “construir territorios productivos” en áreas donde éstos no existían, también hay que tener en cuenta que han llegado a ejercer predominio comercial en mercados tradicionales de distribución mayorista desde sus puestos en las playas, sin necesidad de acceder a puestos fijos en el interior del mercado, con lo que formalizan su poder desde los márgenes.


Notas

1 El último Censo Nacional de Población de la Argentina (2010) registra la presencia de 345.272 inmigrantes bolivianos en todo el territorio de la república. El 65 % de ellos están asentados en la CABA y la Provincia de Buenos Aires mientras que sólo el 3.3 % lo hacen en la provincia de Córdoba (11.400 aproximadamente), una parte importante de los cuales realizan actividades en las áreas rurales.

2 Al respecto, y a manera de ejemplo, pueden consultarse algunos de los siguientes estudios: Benencia, R. (1994); Benencia, R. (1998); Benencia, R. (2006); Benencia, R. y Quaranta, G. (2006b); Benencia, R. (2007); Benencia, R. y Pizarro, C. (2009); Benencia, R.; Quaranta, G. y Souza Casadinho, J. (Comps.) (2009); Benencia, R. (2010); Benencia, R. (2011a); Benencia, R. (2011b).

3 Cuando E. Bonacich (1973) ahonda en el origen de las iniciativas empresariales sostiene que éstas se crean como respuesta cultural y económica a un mercado de trabajo fragmentado y hostil (reactive ethnicity), y generan minorías intermediarias (middleman minorities). Esto es, la exclusión del mercado de trabajo general obliga a los inmigrantes a buscar su sustento en el comercio a través del autoempleo. Esto provoca entre el colectivo, por un lado, la búsqueda de redes intra-grupo [y] la solidaridad étnica y, por otro, autoexplotación de sus familiares y coétnicos asalariados, que les garanticen la estabilidad y movilidad para reducir los riesgos y el coste de la actividad. Así, Bonacich (1973) identificó los negocios familiares como un mecanismo de adaptación de los trabajadores temporales (sojourners).

4 En un contexto hostil, los empresarios derivan hacia las minorías intermediarias: “Cuando los grupos dominantes de la sociedad receptora tienen una opinión negativa sobre la llegada de actividades de estos inmigrantes, a menudo se ven reducidos al papel de comerciantes marginales” (Portes y Böröcz, 1989).

5 Desde entonces, desde el punto de vista metodológico, el equipo conformado por docentes-investigadores de la UNRC y por docentes-investigadores de la FAUBA ha censado a todos los productores hortícolas riocuartenses y a los puesteros del Mercado de Abasto de dicha ciudad, incluyendo entre ellos a los migrantes bolivianos que desarrollan actividades relacionadas con la comercialización hortícola; por otra parte, también se han elaborado las historias de vida de los migrantes bolivianos y sus familias relacionados con esta actividad productiva y de comercialización. También se han ubicado geográficamente, a través de la utilización de mapas Google Earth, las unidades productivas de dichos migrantes asentados en Río Cuarto, como las de los horticultores-comercializadores riocuartenses, lo que permitió precisar su ubicación territorial y deducir sus corrimientos catastrales sobre el territorio a través del tiempo.

6 Este departamento de la provincia de Córdoba es el segundo en importancia después de su capital, y, según el Censo Nacional de Población 2010, tiene 246.143 habitantes.

7 Noticias periodísticas, y observación visual, a lo largo de una década, nos han permitido apreciar el crecimiento urbano hacia arriba de Río Cuarto, producto presumible de la inversión de los ingresos económicos derivados de la soja, así como del maní confitería durante el período mencionado. Estudios que hemos realizado sobre este último tipo de producción permiten afirmar que Río Cuarto forma parte del cluster de maní confitería que conforman varios departamentos cordobeses, cuyo destino está constituido por países europeos y EE.UU. En la Argentina se consume muy poco y más del 90% del maní confitería, con determinados procesamientos, se exporta. Por esto, la Argentina resulta ser, durante los últimos años, el primero o el segundo exportador mundial de dicho tipo de maní hacia países con clases medias emergentes (Benencia y Fernández, 2014).

8 Debemos tener en cuenta que, con anterioridad, Jujuy, Salta, Tucumán o Mendoza fueron destinos de migraciones temporarias bolivianas hacia diversas cosechas que se llevaban a cabo en esos territorios (Giarracca, N., 2003; Rivero Sierra, F. A., 2008; Sala, G., 2001; García Vázquez, C. B., 2005).

9 Su madre nunca se casó pero tenía hijos de tres parejas “(…) en la época en que los podía cuidar la abuela” [hijos que nunca conocieron a sus respectivos padres]. “Mi madre era así, tenía hijos y no le interesaba casarse”, y cuando él tenía 16-18 años “ya estaba en Buenos Aires viviendo con otro hombre”.

10 “La comunidad boliviana de Río Cuarto y alrededores está conformada por más de dos mil personas. Muchas de ellas viven en los lugares donde trabajan: en la zona de hornos ladrilleros de Tres Acequias y en los campos de cultivo de Las Higueras. Junto con la construcción, ésos son los principales rubros donde trabajan los inmigrantes bolivianos (…)”, indicó Félix Gutiérrez, presidente de la comunidad boliviana de Río Cuarto, en el acto por el Día de la Independencia de Bolivia (Diario Puntal de Río Cuarto, 05/08/2013).

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Fecha de publicación: 15 de diciembre de 2016

 

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