Mundo Agrario, vol. 17, nº 36, e037, diciembre 2016. ISSN 1515-5994
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Historia Argentina y Americana

 

ARTICULO/ARTICLE

 

Alimentación, vida y naturaleza: La construcción de lo campesino entre movimientos populares agrarios*



Mónica Fernanda Figurelli

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Universidad Nacional de Misiones (UNaM), Argentina
ferfigus@yahoo.com.ar.


Cita sugerida: Figurelli, M. (2016). Alimentación, vida y naturaleza: La construcción de lo campesino entre movimientos populares agrarios. Mundo Agrario, 17(36), e037. Recuperado de http://www.mundoagrario.unlp.edu.ar/article/view/MAe037


 

Resumen
El artículo se basa en un trabajo de campo realizado con movimientos sociales de Brasil y de Argentina vinculados a La Vía Campesina. Reflexiono sobre la categoría campesino que dichos movimientos proponen. En lugar de buscar un tipo social detrás de la categoría y plantear una definición sustantiva, considero al campesino como una forma en que se identifican las personas y me aboco a las oposiciones constitutivas que permiten la conformación de esa identidad. El trabajo muestra que la construcción de lo campesino responde a las diversas relaciones que los/as integrantes de los movimientos tejen en su práctica política.

Palabras clave: Campesino; Identidad; Relaciones constitutivas; Movimientos campesinos



Food, Life and Nature: The Construction of Peasant by Agrarian Popular Movements


Abstract
This article is based on fieldwork in Brazil and Argentina with social movements linked to La Vía Campesina. I reflect on the “peasant” category that such movements emphasize. I do not see the peasant as a social type, neither I am looking for a substantive definition of it. Unlike this, I consider “peasantry” as a form of identity of the persons, and I take into account the constitutive oppositions that allow the creation of that identity. The article shows that the construction of the "peasant" responds to the different relationships that the members of the movements weave in their political practice.

Key words: Peasant; Identity; Constitutive relationships; Peasant movements


Introducción

“¿Quiénes somos?: ¡Campesinas!” clamaron mujeres integrantes del Movimiento Campesino de Santiago del Estero-Vía Campesina (MOCASE–VC) durante una movilización a un pueblo de esa provincia. En Brasil, Raquel, del Movimento de Mulheres Camponesas (MMC), me explicó sobre la defensa que hacen de la “agricultura campesina” y lo mismo hicieron Marcos, del Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST), y Ricardo, del Movimento dos Pequenos Agricultores (MPA)1. De modo constante a lo largo de su relato, Ricardo reforzó: “nosotros, del MPA, y la Vía Campesina en su conjunto, defendemos la tesis del campesinado, de la afirmación campesina” (Entrevistado por la autora, 28/3/2012)2. El protagonismo que las categorías campesino y campesina (o campesinado) tomaron entre los movimientos sociales con los cuales entré en contacto durante el trabajo de campo se constituyó en un dato central.

¿Qué es un campesino? ¿Quiénes se incluyen en la definición? ¿Está destinado a desaparecer de las nuevas estructuras?, y en caso que no ¿qué papel juega en ellas? Definirlo, delimitarlo, mostrar su fatal desaparición o, en base a alguna posible función, su persistencia han sido objetivos de no poca parte de los estudios en torno al campesinado. El apelo a una serie de atributos sustanciales para explicar si estamos o no delante de un campesino ha sido un recurso común en estos debates. Gran parte de ellos se han librado en medio de intentos por seleccionar los caracteres más significativos para la conceptualización, lo que ha girado, por ejemplo, en torno al tipo de trabajo desempeñado –¿agricultura, pesca, artesanía?–, a la escala de la producción y al destino de la misma –¿autosubsistencia?, ¿mercado?–, al carácter de la producción –¿familiar?, ¿asalariada?–, o a la propiedad de la tierra, por señalar algunos de los ejes más habituales en las discusiones.

Ha habido en la antropología, en lo que refiere a los estudios en este campo, menciones frecuentes a la idea de part-societies--part-cultures de Kroeber (Foster, 1967), la cual abrió un espacio para pensar las relaciones constitutivas del campesinado; por otra parte, ha sido central en la tradición marxista la crítica al esencialismo y las referencias a perspectivas relacionales. A pesar de ello, lo que prevalece en muchos intentos de pensar al campesinado no es tanto la idea de una relación como de un todo y sus partes definidos a priori. Más que en relaciones constitutivas, la atención está puesta en el lugar que ocupa ese nudo de atributos previamente caracterizado que constituye al campesino en un, también previamente caracterizado “todo mayor integral”, para usar las palabras de Wolf (1977, p. 24).

La posibilidad de que los diversos atributos que constituyen al campesino se pierdan –por ejemplo, que éste se vea obligado a vender su fuerza de trabajo y deje de subsistir con su propia producción– siembra de este modo un terreno apto al dilema de su desaparición o persistencia. Así, el posicionamiento en uno u otro de esos polos será pertinente para la reproducción incesante de una cuestión que ya inquietaba a autores como Kautsky (1970) y Lenin (1975) y que ha seguido diferentes desarrollos en el campo de estudios, con mayor o menor intensidad de acuerdo a las épocas y a las formas que han tomado las transformaciones en la economía agraria3. Planteada de modo explícito o abordada desde otras discusiones –como aquellas que procuran la mejor terminología para designar esta figura social (¿campesino?, ¿pequeño productor?, ¿asalariado rural?, ¿pobre rural?, ¿agricultor familiar?, entre otras)–, la preocupación por la continuidad del campesino en los tiempos que cambian impregna el debate y pone el foco más en tipos sociales que en procesos relacionales.

No son pocos los estudios de décadas recientes referentes a Argentina y a Brasil que ilustran este modo de mirar. Un debate central en Brasil, en los últimos años, se ha dado en torno a la categoría agricultura familiar. Más allá de sus importantes aportes, algunos autores destacados en ese debate piensan el campesinado con una atención teleológica y tipológica. Abramovay (1990) destaca el carácter familiar que la agricultura ha tomado en el capitalismo avanzado a partir de la II Guerra Mundial y, en base a caracterizaciones sustantivas apoyadas principalmente en el tipo de relación con el mercado, subraya la distinción que existe entre dicha “agricultura familiar” y el “campesinado”. Asimismo, el autor adhiere a una preocupación sobre la manutención del campesinado en las sociedades contemporáneas y se pregunta por las transformaciones que éste sufre a partir de su creciente inserción en las relaciones mercantiles. De acuerdo con Abramovay, de aquí surge un nuevo camino de desarrollo: la posibilidad de que el campesino se metamorfosee en agricultor profesional. Wanderley (2003), que dirigió la tesis doctoral de este último, critica (como también lo hace Abramovay) el planteamiento de una progresión dicotómica en la cual el campesinado se descompone entre asalariados y capitalistas. A este respecto destaca la categoría agricultura familiar y, apelando a algunos atributos como el modelo familiar de producción, la producción más allá, o no, de las necesidades, la forma en que se perciben los resultados de la producción, etc. intenta responder a la pregunta sobre las continuidades y rupturas que dicha agricultura guarda con el campesinado. Schneider y Niederle (2010) consideran que empíricamente los campesinos y los agricultores familiares pertenecen a un mismo grupo. Sin embargo, observan una diferencia que reside básicamente en los vínculos mercantiles que establecen. El interés por dicha distinción tampoco se separa de la preocupación en torno a la persistencia del campesinado en el capitalismo y su creciente exigencia de mercantilización. Según los autores, la relación con el mercado genera diferentes “estilos de agricultura”, formas más empresariales o más campesinas, lo cual varía de acuerdo a las estrategias de los actores y a sus circunstancias históricas y temporales. Más que dicotomías, los autores advierten diferencias de grado entre uno y otro tipo. Por último, sin perder de vista la cuestión de la persistencia campesina en el capitalismo, Fernandes (2003) contrasta con los abordajes anteriores (principalmente los dos primeros) al señalar que no es la integración al mercado lo que permite la recreación del campesinado, sino las luchas por la tierra y la reforma agraria. Critica el enfoque de la cuestión tanto en términos de “desintegración del campesinado” –que se convertiría en un asalariado– como en los términos de la “agricultura familiar” –que contempla la conversión del campesino en agricultor integrado al mercado–. Para el autor, la resistencia de los campesinos y su continuidad como productores familiares debe ser planteada desde la óptica de “la producción capitalista de las relaciones no capitalistas de producción”, la cual permite observar las posibilidades de creación y recreación del campesinado a partir del carácter contradictorio de las relaciones sociales. Si bien esto último abre un espacio para pensar oposiciones constitutivas, el enfoque cae, sin embargo, en una perspectiva de resistencia de un actor social sustantivo.

El tema de la persistencia, con todo lo esencial que ella encierra, es una pregunta central en muchos abordajes recientes del agro en la Argentina. Respecto a la Patagonia, y ante la expansión territorial del capital desde el final de la década de los ochenta (sin perder de vista la expansión de fines del siglo XIX), Bendini (2011) plantea la temática y se centra en las estrategias adaptativas de resistencia a la expulsión que permiten la persistencia campesina de los crianceros. La autora señala –siguiendo aquí a Murmis (1986)- que éstos son campesinos en el sentido de su combinación de tierra/ganado-trabajo familiar. En relación con el campo de fuerzas en cada situación, con el papel del Estado y el de las organizaciones sociales, concluye Bendini, se abre lugar a procesos contradictorios, de concentración del capital, por un lado, y de resistencia campesina e incluso de diversas recuperaciones de tierras, por el otro. Cáceres (2014) plantea la necesidad de volver al debate sobre la persistencia campesina en un mundo globalizado en el que se expande el modo de producción capitalista. Desde el reconocimiento de la heterogeneidad del campesinado y de su flexibilidad estratégica para adaptarse a diferentes contextos, el autor propone un estudio situado de la persistencia, en el que se atiendan los contextos espacio-temporales específicos, como la naturaleza particular de expansión del capital, el rol del Estado y la forma de organización campesina, entre otros factores. Por su parte, Teubal (2001) analiza la incidencia de los procesos de globalización en la conformación de un nuevo escenario agrario y una “nueva ruralidad” en América Latina. Observa una transformación profunda que tiende a una ruralidad vaciada de su contenido agrario. Esas tendencias, señala el autor –si bien no es en este punto donde centra su trabajo– se dirigen al empobrecimiento y/o a la desaparición de campesinos y otros actores sociales tradicionales del medio rural. Sin embargo –continúa–, con su organización, esos actores resisten el proceso de globalización y abren lugar a posibles redefiniciones de esa ruralidad.

Las preocupaciones conceptuales y tipológicas tampoco están ausentes de los trabajos académicos en Argentina. Posada (1997), por ejemplo, al observar que en la Argentina no existen las condiciones que la tradición teórica ha constatado para la existencia del campesinado, propone utilizar el término pequeño productor, al que define conceptualmente con base en la combinación –en una amplia gama– de tierra y trabajo familiar. Este autor recorre distintas conceptualizaciones que otros/as han asignado al campesino en Argentina y observa varias de las dificultades que el uso del término –con las connotaciones teóricas que conlleva– provoca.

No pretendo representatividad y mucho menos exhaustividad en relación con los abordajes mencionados. Al considerar algunos autores y enfoques, simplemente apunto a ilustrar cómo –con grandes avances respecto de años anteriores en el reconocimiento de procesos no lineales, de heterogeneidades, “situaciones”, “actores”, “territorialidades” y procesos históricos concretos–, aunque de maneras diferentes, esos enfoques miran al campesino como un tipo social entendido en base a una serie –sujeta a discusión– de características que le dan existencia y que son asignadas desde fuera. Asimismo, la pregunta sobre si persiste o no en un contexto de expansión capitalista se basa en ese tipo social previa y conceptualmente constituido, y cierra la posibilidad de pensar una conformación dinámica a partir de relaciones de oposición.

De este modo, entiendo que las definiciones sustantivas y las proyecciones que se han abierto a partir de ellas han contribuido a una visión reificada del campesino y lo han transformado, como dice Bourdieu (1977), en un objeto de expectativas contradictorias. Es por eso que en este artículo, al discutir sobre la categoría campesino, pretendo dejar de lado dichas definiciones para mirar, en cambio, oposiciones constitutivas4. Al hablar de campesinos, intentaré dar un paso al costado de la clásica tendencia a las tipologías para atender a sujetos que disputan identidades en situaciones y oposiciones concretas. Trabajos como los de Grignon (1975) y Rambaud (1982) han abierto un sendero en este sentido al centrarse en manifestaciones campesinas y en el tejido concreto de relaciones que éstas ponen de relieve y proponer como punto clave de la reflexión, no un debate conceptual o teleológico sobre quién es o no campesino y cuánta vida le queda a quien sí lo es, sino los procesos identitarios que resultan de aquellas configuraciones.

Es así que, en lugar de definiciones generalizadoras y tipologías, buscaré oposiciones específicas; en lugar de teleologías o justificaciones funcionalistas de la existencia atenderé simplemente posicionamientos concretos en situaciones que van más allá de la posible proletarización del campesino y la modernización de la agricultura (Palmeira, 1989). En vez de debatir con criterios abstractos cuál terminología es la más correcta para referirse a las personas sobre las que hablamos, o si esas personas están entre las últimas muestras de una forma de existencia destinada a desaparecer, me parece más útil flexibilizar los criterios para considerar su práctica concreta y las categorías que ellas mismas utilizan para describir su universo. En el intento de llevar las definiciones a lo etnográfico, en este artículo me detengo en los trabajos de construcción y significación de la categoría campesino por parte de algunos movimientos sociales, más estrictamente, movimientos populares –tal como éstos se reivindican– del llamado sector agrario. La pregunta es, entonces, ¿qué es lo que el uso de la categoría campesino nos dice sobre los procesos a los que nos abocamos? ¿Cuál es el juego social de oposiciones que la configuración de aquella identidad permite revelar?

Sobre la investigación

El trabajo es resultado de una investigación que desde el año 2012 realicé entre organizaciones sociales de Brasil y de Argentina, y también con documentos surgidos de eventos internacionales, redactados por organismos multilaterales –como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)– y generados por movimientos articulados a nivel internacional. Tomo en cuenta organizaciones y eventos de diferentes escalas, tanto de alcance provincial, como nacional e internacional. En este sentido, es posible ver que las interacciones sociales exceden y cuestionan muchas de las delimitaciones geográficas con las que acostumbramos a pensar. Así, mi objetivo aquí es atender a las relaciones sociales sin restringirlas a escalas previamente delimitadas y en las que el espacio constituya un interrogante (ver Costa, 2011). Esto exigió que la investigación dé cuenta de relaciones que atraviesan localidades y fronteras nacionales, que considere una serie de fuentes heterogéneas como material de análisis, y que sitúe la indagación en múltiples lugares. De modo que, desde un enfoque multisituado, presto atención a las cadenas de interlocución en las que los movimientos aquí considerados participan, e intento observar cómo desde dicha participación éstos elaboran programas, agendas y problemáticas y ponen en circulación determinadas categorías. Se trata de relevar los entrelazamientos, posicionamientos, flujos de ideas y asimetrías que se hacen presentes a la hora de significar lo campesino.

Respecto al trabajo de campo en Brasil y en Argentina, éste se enfocó en ONGs, movimientos y organizaciones sociales del sector agrario. En Argentina, me dediqué a dos movimientos campesinos: el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE) y el Movimiento Campesino de Santiago del Estero–Vía Campesina. En Brasil, me aboqué a la Secretaría Regional de La Vía Campesina (LVC) y a tres movimientos de las seis organizaciones que a la fecha son miembros de La Vía en ese país: Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, Movimento dos Pequenos Agricultores y Movimento de Mulheres Camponesas. También consideré la Comissão Pastoral da Terra (CPT) y la ONG Foodfirst Information & Action Network – Brasil (FIAN). Durante el trabajo de campo permanecí en algunos lugares participando de diferentes eventos y realicé entrevistas a integrantes de los movimientos (en el caso de Brasil, éstas se restringieron a integrantes que al momento se desempeñaban en las secretarías de las organizaciones, no fue así en el caso de Argentina, específicamente en el del MOCASE–VC).5

Este artículo se ciñe a los movimientos que se vinculan a La Vía Campesina (particularmente, a La Vía Campesina Sudamérica). Respecto a éstos, el MOCASE–VC surgió formalmente en 1990, en Quimilí, en la provincia argentina de Santiago del Estero, en torno a las expulsiones de la población de bajos recursos económicos que habitaba las zonas rurales de dicha provincia. Forma parte, a su vez, del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), este último integrado a La Vía Campesina desde el año 2008.

El MST nace oficialmente en su Primer Encuentro Nacional realizado en Cascavel, Paraná, en el año 1984. Sus primeros protagonistas fueron pequeños agricultores –principalmente del sur de Brasil– excluidos de los procesos de modernización tecnológica de la agricultura durante la dictadura militar. Posteriormente, con la expansión del movimiento a lo largo del país, se fueron incorporando otros actores que también habían atravesado diferentes procesos de expropiación (Medeiros, 2004).

Si bien la constitución del MMC como movimiento data del año 2003, la Articulación Nacional de Mujeres Trabajadoras Rurales se origina en 1995, con ocasión de un Primer Encuentro Nacional realizado en São Paulo. De éste participaron mujeres de diferentes organizaciones que se nuclearon en torno a las desigualdades de género y clase para reclamar desde su condición de mujeres y de trabajadoras rurales.

Finalmente, el MPA adopta como marco de fundación el campamento de la sequía (acampamento da seca), ocurrido en el año 1996. En esa fecha, miles de personas convocadas por algunos sindicatos de trabajadores rurales combativos, que habían estado nucleados en el departamento rural de la Central Única dos Trabalhadores (CUT), realizaron un campamento sobre la ruta, en la región sur de Brasil, para reivindicar un crédito de emergencia para las familias afectadas por la sequía.

Significar lo campesino

8 de marzo de 2012 por la tarde. A lo largo de ese día y del anterior se había realizado un encuentro de “mujeres campesinas, indígenas y urbanas” en la central de Quimilí del MOCASE–VC. El encuentro “Mujeres organizadas, produciendo alimento para los pueblos” culminaría con una movilización hacia el centro de Quimilí con el mensaje “no a los agrotóxicos, sí a la vida”. Durante la siesta de ese 8 de marzo se habían organizado los grupos de trabajo para la preparación del evento, uno de ellos con la tarea de organizar la feria, que sería una de las actividades a realizarse en la ocasión.

“Tenemos dulce de leche de cabra, queso de cabra, leche de cabrito, zapallo en almíbar, mermelada de zapallo, mermelada de sandía, tenemos miel del monte”; de este modo, una joven integrante del MOCASE-VC abría los discursos que los parlantes propagarían hacia los alrededores de la plaza próxima a la terminal de ómnibus, destino final de la movilización. “Tenemos el producto para venderle, lo que hacemos en nuestras comunidades”, decía, interpelando a las personas que por allí pasaban, “no se consiguen en el mercado…”, proseguía. Los “productos para la soberanía alimentaria”, tal como los rotula su envoltorio, quedaban a la venta en la plaza de aquel pueblo rodeado por plantaciones de soja. Mujeres campesinas se agrupaban en torno a la mesa donde habían colocado sus productos, en la que también se encontraban algunas artesanías.

Antes de llegar a la plaza, la movilización recorrió el camino de entrada al pueblo y manifestó su antagonismo ante varios locales y carteles publicitarios: Cargill, Ipesa, empresas locales de desmonte, negocios de venta de insumos para fumigación y de elementos para maquinarias agrícolas, etcétera. Las y los manifestantes hicieron pintadas sobre los carteles y se detuvieron en algunos locales. Cargill recibió la detención más prolongada de la movilización. Mientras tanto, los aerosoles enlazaban palabras antes separadas: “Cargill” se cruzaba con “asesino”, “Ipesa” se unía a “no soja”, “lucha campesina” y “no al agronegocio”. Imágenes de calaveras se combinaban con las frases publicitarias y nuevos afiches pasaban a ser parte de los muros del pueblo, que ahora también decían: “los agrotóxicos matan. En Argentina, cada año se rocían más de 300 millones de litros de plaguicidas. Estos venenos contaminan el aire, el agua y el suelo. También contaminan los alimentos que consumimos en los pueblos y ciudades”. Más abajo, letras engrosadas en color negro destacaban: “La agricultura campesina en defensa de la vida”. Mediante estos afiches, la Campaña Nacional por la Vida y la Salud, Contra el Uso de Agrotóxicos y las diversas organizaciones que la impulsan marcaban su presencia en el pueblo.

Una vez en la plaza, comenzarían los discursos. María, del MOCASE-VC, destacó la resistencia de las campesinas “a esas grandes multinacionales que vienen a desalojarnos de nuestros territorios”. Puso el foco en los agrotóxicos que tales empresas usan en sus plantaciones, los cuales fueron asociados con los desalojos, pero sobre todo con la contaminación, las muertes y las enfermedades, que no únicamente los campesinos y campesinas sufren.

La misma asociación fue hecha por Carola quien, en contraposición a esos procesos, destacó la figura del campesino indígena: “El campesino indígena, la mujer, ha trabajado por años en el campo y no ha destruido la naturaleza, ha respetado la madre tierra, nuestra pachamama, la que nos da la vida, de donde sacamos la producción sana para alimentarnos sanos”.

Finalmente, se leyó el documento realizado en ocasión del encuentro. En él, la mencionada oposición volvió a manifestarse. A diferencia del modelo agroexportador, la producción campesina indígena está a favor de la vida y de la soberanía alimentaria de los pueblos, se señala. En dicho documento puede observarse que la alimentación sana se vuelve parte de la definición de lo campesino y se constituye como patrimonio de saberes, prácticas y materiales (las semillas) transmitidos de generación en generación: “En el campo nosotras trabajamos la tierra, sembramos, hacemos artesanías, somos guardianas de las semillas, aplicamos y practicamos saberes, producimos alimentos sanos con nuestras manos, sabrosos y variados. Mantenemos las costumbres y la manera de alimentarnos de varias generaciones”.

La marcha a Quimilí ilumina algunos de los elementos que se ponen en juego en la categoría campesino que los movimientos introducen en el debate. Más allá de las diferencias entre los diversos movimientos de La Vía Campesina, es posible visualizar varios puntos comunes en la forma que toma dicha categoría.6

Diversas publicaciones de las organizaciones de Brasil, así como varios de los y las militantes con quienes conversé, señalan que, de acuerdo con datos del Ministério do Desenvolvimento Agrário de Brasil del año 2009, en dicho país la agricultura no familiar concentra casi el 70 por ciento de las tierras aptas para la agricultura con una producción mínima de alimentos. En cambio, la agricultura familiar/campesina, con el 24,3 por ciento de las tierras, produce el 70 por ciento de los alimentos que consume la población del país. “¿Cuál es la contradicción principal del agronegocio brasilero? Primero, no produce alimentos, produce commodities mineros y agrícolas”, decía al respecto Marcos, del MST (Entrevistado por la autora, 5/4/2012). Los movimientos destacan que el agronegocio concentra las tierras y no produce alimentos, sino mercancías, las cuales, cuando son usadas para el consumo alimentario de las personas, muestran un escaso valor nutricional. También remarcan los efectos negativos que el agronegocio trae sobre el empleo en el campo y sobre los mercados y el consumo de la población a partir del control, por parte de un pequeño porcentaje de empresas transnacionales, de la comercialización de los productos y de las tecnologías e insumos necesarios para hacerlos. Finalmente, la producción en gran escala de monocultivos, el uso nocivo de alta tecnología, especialmente de agrotóxicos y de semillas transgénicas, y la destrucción no sólo de la salud de la población, sino también de la naturaleza, medio ambiente o ecosistema, debido a la contaminación del aire, del agua y de la tierra y a la pérdida de la biodiversidad que dicha producción trae aparejada, son características centrales en la presentación que los movimientos hacen del agronegocio.

Ante este panorama de tierras acaparadas para la producción de mercancías y no de alimentos, con un mercado controlado por unas pocas empresas y con una producción que destruye el medio ambiente y la salud de la población, el proyecto de la agricultura campesina plantea una alternativa. En gran medida, la idea de campesino toma forma en torno a ese proyecto.

“Producir alimentos saludables, en el respeto a la naturaleza, para alimentar al pueblo brasilero y fortalecer el campesinado” es el mensaje político del Movimento dos Pequenos Agricultores. La frase –señaló Ricardo durante la entrevista que le hice en la secretaría del movimiento– concentra cuatro cuestiones centrales que sistematizan el planteo del MPA. “Con esa mirada de que la naturaleza no es nuestra, sino que nosotros pertenecemos a la naturaleza […] y tenemos que dejar un ambiente bueno para nuestros hijos y nietos”, el MPA se propone la producción de alimentos saludables. Esa producción, continuó Ricardo, se realiza “en base al modelo de agricultura agroecológico, diversificado, con foco en la producción de alimentos, rumbo a la soberanía alimentaria” y apunta no sólo al respeto a la naturaleza, sino a la alimentación del pueblo brasilero, de escasos recursos económicos.

Por último, es fundamental el fortalecimiento del campesinado. La “identidad campesina”, señaló Ricardo, apunta a “un modo de vida, un modo de producción, una manera de ser y de vivir” que, en su oposición a las políticas favorables al agronegocio, es capaz de articular otras identidades: “yo soy pequeño agricultor de Rio Grande do Sul, nosotros nos llamamos así, pero somos campesinos, la quebradeira de coco babaçu es campesina, el ribeirinho es campesino, el pescador artesanal tiene un modo específico de ser campesino”.

Por su parte, el reconocimiento del trabajo y de la producción de las mujeres campesinas es una cuestión estructurante en las reivindicaciones planteadas por el MMC. Como indica Raquel, integrante del movimiento, “las mujeres en Brasil son quienes producen los alimentos que la mayoría de las familias comen. Pero ese trabajo no es visto como renta, no es visto como trabajo” (Entrevistada por la autora, 2/4/2012). Sin ser reconocidas como trabajadoras y sin la consecuente documentación –dijo mi interlocutora– queda vedado el acceso de las mujeres campesinas a muchas políticas públicas, a lo cual se suma su dificultad para acceder a la propiedad de la tierra.

Esos planteos del MMC no se desvinculan del debate sobre la agricultura campesina que las organizaciones de la Vía llevan adelante. Por su experiencia en la producción para el sustento de la familia y no para el mercado (que trae consigo ciertas políticas de crédito) de alimentos saludables y de comidas, de manera diversificada, integrada, con semillas propias (y no las transgénicas de los financiamientos), las mujeres –señala el MMC– se tornan actoras centrales a la hora de realizar el modelo de agricultura campesina: “el papel de las mujeres campesinas es imprescindible en la conservación de la biodiversidad y en la reproducción de la agricultura ecológica. Son las mujeres las que articulan las diversas actividades para que funcionen de forma integrada” (MMC, 2011, p. 6).

Esos posicionamientos nos permiten observar una serie de elementos comunes en la construcción de lo campesino por parte de los movimientos populares agrarios. La producción de alimentos saludables, así como la forma que dicha producción toma son rasgos centrales de esta construcción. Agroecología, Biodiversidad, Diversificación, Salud, Sistema, respeto a la Naturaleza y al Medio Ambiente son algunas de las categorías que permiten definir la producción campesina que, a su vez, se delinea en contraste con las formas productivas de aquello que se designa bajo el nombre de agronegocio, capitalismo o modelo agroexportador. Ambos polos se constituyen en la oposición. El campesino y la campesina son aquel y aquella capaces de llevar adelante una producción diversificada, integrada, sin uso de agrotóxicos, sin destrucción del medio ambiente, sin explotación del trabajo humano y con las mujeres como protagonistas, para producir alimentos saludables que puedan alimentar al pueblo a través de un comercio justo. En ese tipo ideal construido por los movimientos, los campesinos se presentan como los guardianes por excelencia de la tierra, de las semillas, los pilares del medio ambiente, los actores locales bien integrados a su entorno y con saberes ancestrales, cuyo modo de vida es capaz de revertir la destrucción del planeta.

Esos elementos que le dan forma a lo campesino no son azarosos. Revelan, por el contrario, diversas interconexiones de los integrantes de los movimientos. Además de las contiendas en torno a la tierra –en las que no me detendré aquí–, lo campesino se moldea a partir de debates que focalizan en la alimentación y el medio ambiente. En las próximas páginas analizo el modo en que dicha categoría se configura a partir de las posiciones que los movimientos toman en diversos ámbitos de participación. Me centro en tres de ellos: los ligados con políticas para la agricultura familiar, con políticas para la seguridad alimentaria y una multiplicidad de conferencias y foros multilaterales sobre temas ambientales. Las disputas asimétricas por la incorporación de determinadas políticas, por las líneas de crédito existentes y posibles, por los debates y conceptos vigentes se dejan ver en la introducción de la categoría campesino y en los significados que toma, y permiten apreciar “lo campesino” más como una herramienta de debate que como un tipo social.

Políticas para la agricultura familiar

“Nosotros reivindicamos el concepto de campesinado”, me dijo Ricardo (del MPA) al inicio de la entrevista. En ese momento, el concepto fue usado en contraposición al de agricultor familiar. La dicotomía que se perfilaba en algunos documentos de la FAO dejaba de ser tal en las palabras de este dirigente. Desde la mirada de Ricardo, la cuestión no aludía simplemente a una contraposición entre grandes y pequeños: “(i) la agricultura empresarial, y (ii) los pequeños productores o ‘Agricultura Familiar’” (FAO, 2012, p. 4). Tampoco se trataba de entender al agricultor familiar en base a características sustanciales que lo definirían por la fuerza de trabajo utilizada en la producción (predominantemente, fuerza de trabajo familiar), por la disponibilidad limitada de tierras y capitales y por la fuente principal de ingresos familiares (agropecuaria, pesquera, silvícola, acuícola) (FAO, 2012). Menos aún, la agricultura familiar hubiera podido, desde su postura, “utilizarse de modo intercambiable con pequeña agricultura, agricultura campesina o agricultura por cuenta propia, es decir, agricultura a pequeña escala” (FAO, 2010, p. 1).

“El debate de la agricultura familiar y campesina se está mezclando mucho, y nosotros estamos tratando de poner a cada uno en su lugar” (Entrevista a Ricardo). La agricultura campesina permite visibilizar varias cuestiones que dentro de aquel amplio abanico de la agricultura familiar se difuminan. En esta oposición semántica específica, la agricultura familiar ayuda a describir un modelo de sociedad al que varios de los movimientos que considero en mi trabajo se oponen. De acuerdo con Ricardo, el agricultor familiar se integra en una cadena productiva caracterizada por una lógica capitalista de producción. Adhiere a créditos, tecnologías, etcétera, que le permiten especializarse en la producción de un cultivo particular. Así, lo que se rescata desde esa lógica es la mano de obra familiar, pero no el modo de vida campesino. Como proyecto rural, la agricultura familiar no se confunde con el agronegocio, me decía Ricardo, pero tampoco con un modelo de afirmación campesina.

En la provincia argentina de Santiago del Estero, Arturo (del MOCASE-VC), también establecía una distinción entre la producción campesina y la agricultura familiar, la cual según él se encuentra próxima al agronegocio. Arturo, como Ricardo del MPA y como otros integrantes del MOCASE-VC y de los demás movimientos que componen la Vía Campesina Sudamérica forma parte de los diferentes encuentros, reuniones e instancias de formación promovidos desde esta entidad. Cuando conversamos se encontraba en vísperas de un viaje a Brasília, a la Secretaría Regional de la Vía Campesina, a los efectos de organizar la Coordinación Política Pedagógica del Curso Cono Sur (para formación de militantes de base de la Vía) junto con dos compañeros y dos compañeras procedentes de otros movimientos campesinos y latinoamericanos. Una vez en Brasília, Ricardo y otros integrantes del MPA, recibieron a Arturo y a los demás con una comida.

En esas instancias de comunicación, las ideas circulan de un movimiento de la Vía Campesina a otro y se recrean en los diferentes ámbitos en los que participa cada movimiento. En las problemáticas y categorías de entendimiento propuestas por cada una de estas organizaciones se entreteje un diálogo internacional, nacional y local. “Ese concepto”, señaló Ricardo refiriéndose a la agricultura familiar, “está siendo mundializado, y nosotros estamos tratando de mundializar el concepto de campesino, de rescatarlo”.

Tanto en Brasil como en Argentina y otros países de Latinoamérica existen instituciones y programas estatales abocados a la agricultura familiar, marco institucional cuyo fortalecimiento constituye, entre otros, un objetivo de la FAO (ver, por ejemplo, FAO, 2012)7. Los movimientos no son ajenos a este marco. La experiencia diaria de quienes los integran se ve impregnada de su participación en las diversas instancias de elaboración y concreción de esas políticas públicas.

Si miramos hacia los programas del Estado brasileño –señalaron varios de mis interlocutores– es posible observar elementos que refuerzan la agricultura campesina, como el Programa de Adquisición de Alimentos (PAA) y el Programa Nacional de Alimentación Escolar (PNAE). El primero, creado en el año 2003 como una de las acciones del proyecto Fome Zero, apunta, dicho muy brevemente, a garantizar el acceso a los alimentos a las poblaciones en situación de inseguridad alimentaria mediante la compra gubernamental de esos productos a los agricultores familiares. Por su parte, en el marco del PNAE, implementado en la década del cincuenta, se dispuso en la ley 11.947 del año 2009, la obligatoriedad de destinar los recursos financieros transferidos por el Fundo Nacional de Desenvolvimento da Educação (FNDE) a la compra de alimentos de la agricultura familiar en un límite mínimo del treinta por ciento.

Así como el PAA, dicha ley –según destacaron los integrantes de los movimientos– resulta de la acción de diversas organizaciones en espacios estatales. Ambos facilitan la comercialización de los productos campesinos y constituyen un elemento importante en este sentido. Además, precisan de todo tipo de alimentos, lo cual, en lugar de una agricultura familiar especializada, favorece una lógica campesina de diversificación. De este modo, mediante la acción de los movimientos –reflexionaban sus integrantes– aspectos de la agricultura campesina se ven incentivados en el ámbito de las políticas públicas para la agricultura familiar. Con esto, las heterogeneidades y contiendas que configuran las diversas instancias estatales se ponen de relieve.

En los marcos institucionales apiñados bajo la categoría agricultura familiar se despliega todo un campo de disputas. La categoría envuelve procesos heterogéneos y da cuenta no sólo de definiciones institucionalizadas en marcos internacionales (por ejemplo, FAO, 2012), sino también de experiencias opuestas entre sí. Ante determinadas propuestas y políticas para la agricultura familiar, desarrolladas con fuerza en los últimos años en América Latina, la categoría campesino evoca una serie de relaciones, procesos y prácticas sociales que se iluminan por contraste con dichas propuestas. Tal contraste configura oposiciones y, en consecuencia, posiciones y brinda la posibilidad de disputar políticas en (y contra) los espacios institucionales y gubernamentales en los que esas oposiciones adquieren sentido.

En resumen, la categoría campesino nos remite a contiendas en el campo de las políticas y los financiamientos estatales concernientes a la agricultura familiar. Los movimientos participan cotidianamente en esas instancias y disputan allí políticas y créditos. La idea de campesino materializa sus posiciones en ese tejido de relaciones.

Políticas para la seguridad alimentaria y la erradicación del hambre

La agricultura campesina es aquella que permite construir soberanía alimentaria. Los y las integrantes de los movimientos instalaron a esta última como un eje central común de sus diversas reivindicaciones. La propuesta es capaz de enlazar la totalidad de los movimientos que componen La Vía Campesina y concretar el objetivo de “globalizar la lucha y la esperanza” que dicha organización se plantea.

Corrían los primeros días de marzo de 2012 y varios integrantes del MOCASE-VC se preparaban para participar de la III Conferencia Especial para la Soberanía Alimentaria de los Pueblos. Cuando se aproximaba el final de ese mes, Ricardo me habló de su ya consumado viaje a Argentina a efectos de ese evento, al cual había ido como representante de la Comisión de Soberanía Alimentaria de la CLOC-Vía Campesina, comisión en ese momento representada en América Latina por el MPA y la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas-ANAMURI, de Chile. La Conferencia es facilitada por el Comité Internacional de Planificación para la Soberanía Alimentaria (CIP), red internacional de organizaciones y movimientos sociales –entre los que se cuenta La Vía Campesina– que se origina en el año 2002, en el foro de organizaciones no gubernamentales (ONGs) y organizaciones de la sociedad civil (OSCs) para la soberanía alimentaria, el cual fue paralelo a la “Cumbre Mundial sobre la Alimentación: cinco años después”, realizada en Roma en el mes de junio. Además de facilitar el diálogo entre las organizaciones que lo constituyen, el CIP apunta a una interlocución entre esas organizaciones y la FAO.

La Conferencia Especial para la Soberanía Alimentaria de los Pueblos se realiza desde el año 2008. Es una instancia que antecede a las Conferencias Regionales de la FAO para América Latina y el Caribe. Allí se reúnen representantes de movimientos, organizaciones sociales, ONGs, entre otros, de los países de América Latina y el Caribe para discutir agendas comunes y elaborar recomendaciones a las Conferencias Regionales. La primera ocurrió en abril de 2008 en Brasília, en el marco de la trigésima Conferencia Regional, la segunda en Ciudad de Panamá, en abril de 2010, la tercera en Buenos Aires, Argentina, a fines del mes de marzo de 2012, y la última a momentos de escribir este artículo, en Santiago de Chile, en mayo de 2014. Posteriormente a la Conferencia Especial, delegados de la CIP participan de la Conferencia Regional.

Por su parte, los y las integrantes de la Vía también participan del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la FAO, como representantes de Organizaciones de la Sociedad Civil. Dicho Comité se encuentra compuesto por

representantes de gobiernos, organismos especializados y otros órganos de las Naciones Unidas, organizaciones no gubernamentales (ONG) y organizaciones de la sociedad civil (OSC), instituciones internacionales de investigación agrícola, instituciones financieras internacionales y regionales, asociaciones del sector privado y fundaciones benéficas (FAO-CFS, 2012, p. 2).

Como muestran estos casos, los movimientos y organizaciones sociales no son ajenos a los debates de la FAO, y mucho menos al gran debate que se lleva a cabo a escala internacional en torno a la seguridad alimentaria. Esta categoría, introducida en 1974 en el marco de la Conferencia Mundial de la Alimentación, ha sufrido modificaciones desde entonces y ha dado lugar a diversas acepciones. La definición más comúnmente adoptada por la FAO tiene su origen en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, ocurrida en el mes de noviembre de 1996 en Roma: “existe seguridad alimentaria cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a los alimentos a fin de llevar una vida activa y sana” (Cumbre Mundial sobre la Alimentación, 1996)8.

Toda una serie de eventos, noticias, discursos, leyes y categorías se despliega en torno a la cuestión, la cual también se incorpora a políticas de alcance nacional –muchas de competencia directa de los movimientos– como el proyecto Fome Zero, El Conselho Nacional de Segurança Alimentar e Nutricional-CONSEA, en Brasil, programas del Ministerio de Desarrollo Social en Argentina, como el Pro-Huerta, entre muchos otros ejemplos.

De modo que la categoría de soberanía alimentaria surge en un contexto específico de discusión en el que la alimentación, ligada a la necesidad de “erradicar el hambre del mundo” (Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria, 2009, p. 1), constituye un pilar fundamental. De acuerdo con la Vía Campesina, el concepto de soberanía alimentaria fue incorporado por dicha organización en 1996, durante la Cumbre de Roma. A partir de allí, ese concepto encauzó un amplio debate que marcó el posicionamiento de muchos movimientos y organizaciones sociales en lo que respecta a la cuestión de la seguridad alimentaria, extendiendo además su influencia a niveles capilares de las organizaciones.

La categoría seguridad alimentaria puede resultar compatible con la economía de las empresas transnacionales y multinacionales: he aquí un punto fundamental del debate planteado por los movimientos. Éstos trazan sus oposiciones y las contradicciones de la alimentación comienzan a perfilarse. En torno a un debate mundial centrado en el hambre y la alimentación, los movimientos explicitan la polisemia de esta última categoría. ¿Pueden considerarse alimentos las mercancías que las grandes empresas producen?, reflexiona, por ejemplo, una publicación del MMC (2011). Si la consigna es alimentar y erradicar el hambre, la cuestión para los movimientos es el modo en que esa alimentación se materializa. La soberanía alimentaria conceptualiza esa posición. La categoría trae a la reflexión aspectos vinculados a los derechos de los pueblos y Estados a la soberanía, particularmente a la posibilidad de decidir sobre sus formas de producir alimentos, sus formas de acceder a los mismos y sus necesidades alimentarias.

Este panorama nos ayuda a entender la construcción pública que muchos de los movimientos hacen de lo campesino. La agricultura campesina juega un papel central en el debate citado. En estrecha asociación con la soberanía alimentaria, dicha agricultura se opone a aquello que la idea de soberanía cuestiona, principalmente al control de la producción por parte de las empresas multinacionales y los organismos financieros internacionales. Para los movimientos, el logro de una alimentación sana y soberana para toda la población remite a una forma de producción que no utiliza agrotóxicos y no contamina el espacio local, que no practica el monocultivo y que con elementos propios es capaz de brindar una variedad de productos (inclusive de rescatar aquellos que se encuentran fuera de circulación), que no explota trabajadores, que porta historia y saberes transmitidos de modo intergeneracional y que reivindica las prácticas locales y el territorio de las personas. De nuevo, la categoría se configura en torno a relaciones sociales específicas y a posiciones que los movimientos construyen a partir de su participación, esta vez, en instancias internacionales en torno al hambre y la seguridad alimentaria, las cuales se materializan en múltiples programas e instituciones que ganan lugar en los diferentes Estados. La idea del campesino como un productor de alimentos sanos, como un camino para alcanzar la soberanía alimentaria, emerge en relación con esas instancias, que llegan a niveles profundos de las organizaciones y se vuelven parte de su propia construcción.

En torno al ambiente

Además de llevar adelante sus disputas en instancias vinculadas directamente a la FAO, los movimientos de la Vía participan activamente en una interlocución a gran escala respecto al ambiente. Se articulan a nivel internacional con una multiplicidad de otros movimientos y ONGs, así como participan de conferencias multilaterales que exceden el espacio de la FAO. Rosana, de La Vía Campesina, me contaba, por ejemplo, sobre los “aliados” o “amigos”: movimientos u organizaciones no campesinas, eclesiásticas, no gubernamentales o de otro tipo con las que, a través de cooperaciones financieras o de acciones y trabajos conjuntos, los miembros de la Vía construyen una alianza. Entre éstos se cuentan entidades como Amigos de la Tierra, la cual es una red de grupos ambientalistas que trabajan temáticas como agrocombustibles, minería, petróleo y gas, justicia climática y energía, bosques y biodiversidad, soberanía alimentaria, justicia económica y agua (Amigos de la Tierra Internacional, sitio web). También se cuentan otras entidades, tales como la FIAN, la GRAIN o la OXFAM, en las que los temas relacionados al ambiente y a la alimentación tienen un lugar importante.

La Vía Campesina participa además de diversas “acciones” y “eventos” a partir de los cuales se entrelaza con un sinnúmero de movimientos y Organizaciones de la sociedad civil, como las Campañas contra Agrotóxicos, impulsadas en diferentes países de América Latina por diversas organizaciones; el Foro Social Mundial; la red mundial Nuestro Mundo no está a la Venta (Our World Is Not For Sale-OWINFS), creada en 1995 y que articula a más de doscientas organizaciones de diferentes países (OWINFS, sitio web); el Nyéléni 2007, el Foro para la Soberanía Alimentaria realizado en Malí, en el cual se han reunido “más de 500 representantes de más de 80 países” de diversas entidades de la sociedad civil (Foro para la Soberanía Alimentaria, 2007); o el Nyéléni 2015, en torno a la agroecología, entre otros.

A su vez, en actividades paralelas o alternativas a las “oficiales” y con un debate crítico de estas últimas, la Vía ha participado de las Conferencias Internacionales sobre Cambio Climático, organizadas por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Asimismo, el movimiento fue parte – esta vez no como una propuesta alternativa– de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, organizada por el Estado Plurinacional de Bolivia, en la cual más de treinta y cinco mil personas se congregaron en Cochabamba en abril de 2010.

“También participamos de esas convenciones de biodiversidad”, señaló Rosana (Entrevistada por la autora, 29/3/12). La Vía Campesina no estuvo ausente de las Conferencias de las Partes en el Convenio sobre la Diversidad Biológica (este último firmado por ciento cincuenta gobiernos participantes de la Cumbre de la Tierra realizada en Rio de Janeiro en 1992).

Junto con otros movimientos y organizaciones que se movilizaron “por Justicia Social y Ambiental. En defensa de los bienes comunes, contra la mercantilización de la vida” (Cumbre de los Pueblos, 2012), la Vía Campesina también fue parte de la Cumbre de los Pueblos, realizada en Rio de Janeiro del 15 al 23 de junio de 2012, de modo paralelo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (UNCSD), o “Rio + 20”. Por otro lado, el movimiento no fue ajeno al Foro Alternativo Mundial del Agua, realizado en Marsella, Francia, en marzo de 2012 y planteado como una alternativa “al VI Foro Mundial del Agua (FMA) organizado por el Consejo Mundial del Agua, voz de sociedades transnacionales y del Banco Mundial que pretenden apropiarse de la gobernanza mundial del agua” (Foro Alternativo Mundial del Agua, sitio web).

“Aun teniendo nuestras críticas a ese mecanismo, consideramos que tenemos que estar, porque es el lugar donde tú pautas los temas. Independiente de si es iniciativa nuestra, si es iniciativa de ellos, nosotros tenemos que pautar los temas”, señaló Rosana. La lista no se termina aquí, pero nos permite apreciar la amplitud de instancias a escala internacional en las que la Vía Campesina lleva adelante su disputa y a las que, por lo tanto, es necesario tener en cuenta a la hora de entender la construcción que dicha organización hace de lo campesino. Al escuchar a María, integrante del MOCASE-VC y habitante de Rincón del Saladillo, una pequeña localidad de Santiago del Estero, hablar sobre “la atmosfera contaminada por los grandes gases y humos de las empresas” y decir que “la mujer campesina o la alimentación campesina van a enfriar el planeta, porque nosotros no usamos agrotóxicos, no usamos máquinas para sembrar, grandes máquinas, cuidamos el monte y la naturaleza” (Entrevistada por la autora, 8/3/12); al leer en el sitio web de la Vía que los campesinos y las campesinas “con nuestras variedades de semillas, proporcionamos alimento saludable para el 70% de la población mundial, mientras mantenemos suelos y ecosistemas sanos” y que “las verdaderas soluciones a la pérdida de biodiversidad y la crisis ambiental tienen que incluir la implementación de la soberanía alimentaria” (LVC, 2010); al leer también la Declaración de Quito sobre Reforma Agraria del año 2009 (realizada en el marco de la Campaña Global por la Reforma Agraria), en la cual se reivindica “una Reforma Agraria Integral, genuina y verdadera que solucione la crisis de los alimentos, el cambio climático” o al observar la consigna del MNCI (2010) “Somos Tierra para alimentar a los Pueblos”; al tropezarnos, entonces, con todas esas reflexiones, es imposible abstraernos de aquella interlocución a escala internacional en la que el ambiente ocupa un lugar privilegiado.

Las categorías y reivindicaciones de la Vía y los movimientos que la conforman nos remiten de este modo a las relaciones y posiciones que los movimientos y organizaciones de la sociedad civil construyen desde su participación –desde un lugar marginal y crítico, en foros paralelos o como “observadores”– en espacios protagonizados por los organismos multilaterales, al tiempo que en espacios creados por los mismos movimientos y organizaciones en un trabajo de articulación a nivel mundial. Esos espacios echan luz sobre la presentación del campesino como aquel que produce de forma diversificada, que utiliza sus propias semillas, que genera alimentos saludables, que no precisa utilizar agrotóxicos, en fin, que a partir de sus saberes locales y transmitidos de generación en generación logra respetar el medio ambiente.

Conclusiones

En este artículo abordé el significado de lo campesino evitando caer en una búsqueda tipológica o en un debate conceptual. Mi propuesta fue atender los procesos específicos que el uso de categorías nativas, en este caso, la categoría campesino nos permite visualizar. Desde aquí, fue posible observar el campesinado como una forma en que se identifican las personas que integran los movimientos. Dicha identidad se entiende a partir de prácticas concretas de su militancia, las cuales revelan oposiciones específicas en torno a disputas por créditos, por recursos, a disputas semánticas y políticas en las que participan una multiplicidad de personas de diferentes ámbitos y que se extienden a nivel internacional.

De este modo, la idea de campesino y de campesina que los movimientos vinculados a la Vía ponen en juego nos muestra dinámicas sociales específicas. Más que un tipo social sustantivo, el campesino revela una serie de oposiciones constitutivas en debates concretos. En el contexto de este análisis la categoría nos habla de una construcción de los integrantes de los movimientos que adquiere significado en relación con las disputas que llevan adelante. El acaparamiento de tierras, los créditos para monocultivo –con incorporación de insumos apropiados por empresas transnacionales, como agrotóxicos o semillas transgénicas– que se destinan a pequeños productores, la producción masiva de mercancías agrícolas sin valor alimentario, la destrucción de la naturaleza, las desigualdades de género, son algunas de las problemáticas que los movimientos instalan en sus disputas. Lo campesino no se desliga de esas problemáticas y éstas a su vez no se desligan de las articulaciones e interlocuciones concretas a partir de las cuales van tomando forma. Todo un universo de relaciones sociales se abre alrededor de las mismas, y esto incluye no sólo las relaciones de expropiación y los accesos desiguales a recursos (productivos, jurídicos, laborales y financieros) que los movimientos hacen visibles, sino también las articulaciones, los diálogos y las participaciones que éstos emprenden en su actividad política.

A escala mundial los movimientos se articulan entre sí en espacios que ellos mismos recrean, pero también con dependencias estatales y con organismos multilaterales. En este trabajo tomé en cuenta su participación en algunas de esas instancias: aquellas vinculadas con las políticas para la agricultura familiar, para la seguridad alimentaria y la erradicación del hambre y con una multiplicidad de conferencias, encuentros, foros y eventos en gran medida relacionados con temas ambientales, como cambio climático, biodiversidad, agua, etcétera, que se desarrollan a escala internacional.

La construcción que los movimientos de la Vía hacen de lo campesino y la forma que sus reivindicaciones adquieren son indisociables de las posiciones y relaciones configuradas en esos espacios. Los integrantes de los movimientos son parte de debates a gran escala en los que logran producir un tipo ideal de campesino que se proyecta a nivel mundial. Sólo teniendo en cuenta sus posicionamientos en ese tejido de relaciones pueden entenderse sus planteos del campesino como un productor de alimentos sanos, como un guardián de la biodiversidad, ligado a un modo de vida y de trabajo que se desarrolla en equilibrio con la naturaleza, que se asocia a un uso respetuoso de la tierra, sin acaparamiento y sin explotación laboral; un modo capaz de generar soberanía para los pueblos, trabajo digno y autónomo, de colocar en igualdad de condiciones a las mujeres, de enfriar el planeta, de contribuir a la salud de la población, de brindar alimentos nutritivos y un buen ambiente para todos; un modo de vida –según lo propuesto en los movimientos– diferente del que se encuentra implícito en muchos de los créditos para la agricultura familiar, centrados en el monocultivo, en el uso de insumos de empresas transnacionales y en cadenas productivas y comerciales asimétricas; un modo de vida que se coloca en el polo opuesto al planteado por las políticas del agronegocio. Los campesinos se asocian con la naturaleza, la vida, la salud y la diversidad en un debate donde la alimentación sana y el medio ambiente marcan la clave.

Por otra parte, los movimientos ocupan una posición marginal en los marcos estatales e internacionales en los que los debates oficiales se plantean. Desde esa posición, sus propuestas semánticas paralelas o alternativas revelan una interlocución asimétrica entre figuras desigualmente posicionadas en procesos de toma de decisiones. De este modo, la categoría campesino también llama la atención sobre asimetrías en los debates y los conceptos que circulan a escala mundial.

 

Notas

* Este artículo deriva de una investigación postdoctoral presentada como documento de trabajo al proyecto desiguALdades.net, con sede en la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Fue realizada dentro del proyecto en los años 2012 y 2013 y actualizada en años posteriores.

1 En este texto todos los nombres de personas fueron cambiados. Las traducciones de citas de campo y fuentes escritas fueron realizadas por la autora.

2 La Vía Campesina es un movimiento campesino internacional –como se autodenomina– que surge formalmente en 1993. Consiste en una articulación en la cual se entrelazan ciento sesenta y cuatro organizaciones y movimientos de América, África, Asia y Europa. La región Sudamérica se halla compuesta por cuarenta organizaciones miembro (LVC, sitio web). Los movimientos de Brasil y de Argentina aquí considerados también participan de la Coordinadora Latinoamericana de las Organizaciones del Campo (CLOC), la cual trabaja en conjunto con La Vía Campesina en la región Sudamérica.

3 Más allá de Brasil y de Argentina, cfr. por ejemplo Feder, 1981; Mendrás, 1984; Bryceson, 2000; Brass, 2002; Ploeg, 2008; Bernstein, 2010.

4 En este camino de indagación podemos señalar a Redfield (1963) quien, desde un análisis que entiende al campesinado a partir de la ciudad, el opuesto del cual surge, permite romper con la idea del campesino como un tipo natural, autónomo y aislado, a la vez que alejarse de definiciones constituidas desde atributos sustanciales. Cabe citar también la “campesinización” de las aldeas en función de la urbanización del burgo, en la que Bourdieu (1962) repara en su investigación localizada en la aldea francesa de Lesqüire, o los esfuerzos de Williams (2001) por desmontar las perspectivas que construyen un campo en estado puro, genuino y estático, que existió siempre en el pasado.

5 Durante el trabajo de campo en Argentina permanecí en la ciudad de Santiago del Estero, donde mantuve entrevistas con representantes y ex militantes del MOCASE y con personas vinculadas al Estado provincial y a la Pastoral Social. Recopilé, además, bibliografía y documentación en diversas instituciones, entre ellas, la Universidad Nacional de Santiago del Estero. En Quimilí (Santiago del Estero) permanecí en la central del MOCASE–VC. Además de las entrevistas a personas del movimiento, la permanencia durante algunos días allí, la participación en algunas de las actividades –como un Encuentro de Mujeres– y las conversaciones más informales fueron una fuente importante del trabajo. Además, visité una comunidad rural cercana, donde me alojé en la casa de una integrante de la organización y participé de una asamblea comunal. En años posteriores asistí a eventos relacionados con los movimientos donde volví a tomar contacto con algunas personas. En el caso de Brasil, permanecí en dos ciudades: Brasília (DF) y Goiânia (Goiás). En la primera de ellas visité las secretarías de La Vía Campesina, del MST, del MPA y del MMC. Allí entrevisté a los/as integrantes que se ocupaban de las secretarías de los movimientos. Participé, además, de un encuentro del Conselho Nacional de Segurança Alimentar e Nutricional (CONSEA). Finalmente, realicé dos viajes a Goiânia para hacer entrevistas en la FIAN Brasil y en la CPT.

6 En este artículo focalizo elementos comunes que surgen de la articulación de los diversos movimientos y afectan las experiencias específicas de cada uno. No me detengo sobre la diversidad de demandas y las diferentes formas que han tomado las luchas de los movimientos a partir de problemáticas históricas concretas y de interlocuciones específicas con los Estados nacionales y provinciales. Al respecto, ver, por ejemplo, Palmeira (1989); Piriz, Ringuelet, y Valerio (1997); Palmeira y Leite (1998); Giarraca (2003).

7 Podemos destacar, en Brasil, la Secretaria da Agricultura Familiar do Ministério do Desenvolvimento Agrário – SAF/MDA (la cual no se encuentra ligada institucionalmente al Ministério da Agricultura) y, en Argentina, la Secretaría de Agricultura Familiar, del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, así como el Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Agricultura Familiar, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

8 La Cumbre Mundial sobre la Alimentación “fue la tercera reunión internacional sobre cuestiones relacionadas con la alimentación y la nutrición desde 1970, después de la Conferencia Mundial de la Alimentación de 1974 y de la Conferencia Internacional sobre Nutrición, organizada por la FAO y la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1992” (FAO, 2002: 27).


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Fecha de recibido: 10 de febrero de 2016
Fecha de aceptado: 13 de septiembre de 2016
Fecha de publicado: 15 de diciembre de 2016

 

 

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